Aventuras en la Marca del Este, un retroclón español de la caja básica de D&D.

El Clan del Lobo Gris, aventureros proscritos, los últimos de su clan.

Estas son las crónicas de nuestras aventuras, con este magnífico sistema.

martes, 12 de enero de 2016

Vientos de Desesperación II



Buenas,


Después de casi dos años y medio con la campaña de Vermigor parada, el otro día la continuamos, así pues le dimos otro empujón (menos de lo que me gustaría, pero bueno), así pues este resumen corresponde en parte al final de la sesión jugada hace mucho y a la jugada el otro día, continuamos con la crónica de la segunda parte de esta aventura (la primera aquí):


La segunda noche que pasaron en la ciudad comenzó tratando de dormir en la posada, más los acontecimientos no resultaron tan fáciles. Alguien se debió colar en la habitación de Kinino y Robbert en “El Yunque Herrumbroso” y dejó una nota en la almohada de Robbert. La nota decía lo siguiente: “Queridos viajeros, las circunstancias os han puesto en mi camino. Dada la situación, no conozco a nadie más sabio y experimentado que vuesas mercedes. Un terrible mal asedia Port-Cheren, gente muere, otros morirán, la ciudad necesita vuestra ayuda, serán recompensados con holgura si ayudan al pueblo en su hora de más necesidad. Si están interesados acudan al Callejón del Lebrel cuando la luna esté en lo más alto.”

Quedaba apenas una hora para que la luna estuviera en lo más alto, así que avisando al resto del grupo, todos se pertrecharon para la reunión o la emboscada, o dónde quiera que fueran... el posadero y el conocimiento de la ciudad de Elisabeth hizo que llegaran sin problemas al Callejón del Lebrel, que recibía ese nombre ya que en la esquina del mismo, había situada una carnicera, en la cual, las malas lenguas, decían se vendía carne de perro.


El callejón estaba oscuro, apenas se veía, el grupo se dividió, cuidadoso y temeroso de una emboscada. Elisabeth trataba infructuosamente de detectar el mal, e Irahel lanzó el conjuro que le permitía discernir energías mágicas, también sin efecto. Mientras Kinino, Robbert y Paul trataron de esconderse cerca del callejón con un amplio ángulo de vista. Más del fondo del callejón llegó una vez bajo, ligera, con cierto soniquete de viento y una extraña melodía rítmica. Le siguió una figura oscura, alta y desgarbada, con una capa negra, un sombrero de ala ancha negro, y bajo este, una máscara negra, con ribetes dorados y una gran nariz ganchuda de casi media vara de longitud. Susurró, pero las palabras les llegaron claras: -“Muchas gracias por acudir a la cita”- dijo la figura sin dar importancia a la lluvia que comenzaba a arreciar, -“Como sabrán, un terrible mal ataca a la ciudad, el frío y las tormentas han traído una ola de asesinatos terroríficos. La guardia no sabe por dónde empezar y el pueblo está aterrorizado. Conozco de su experiencia en asuntos parecidos, así que me he tomado la libertad de hablar por la ciudad y tratar de contratarlos. Se les recompensará holgadamente si atrapan o matan al culpable de tan atroces asesinatos.”- La conversación giró repentinamente, de repente el tipo parecía enojado, casi colérico, y su voz se convirtió, ahora en fuerte y dura: -“¡No me gusta que nadie actúe de esta manera en “mi tierra”, busquen al culpable y mátenlo!… o entréguenmelo. Nadie puede cometer asesinatos así en Port-Cheren”.- Los héroes comenzaron a “negociar” con la figura embozada, le comentaron que, de hecho, ya estaban investigando el asunto. La figura les dijo que nadie podía enterarse de que estaban investigando para alguien, pero que, no obstante, recibirían toda la ayuda posible desde las sombras. Les prometió mil doblones de oro por cabeza, así como una pequeña vivienda en el barrio de los puertos, una casa de dos pisos valorada en más de 6.000 doblones. También les dijo que contarían con la eterna gratitud de la ciudad, como dando mucha importancia a esto. Tras llegar a un fácil acuerdo, el extraño les contó cosas sobre el caso, algunas ya las sabían los héroes, otras no:
“Todos los asesinatos suceden en noches tormentosas y ventosas, además los crímenes aparecen en la parte de la ciudad más afectada por la tormenta.
Aparte de los crímenes, la gente cercana a estos parece volverse completamente loca.
Algunos de los asesinados aparecieron asfixiados, pero sin rastro de estrangulamiento. Otros tantos con fuertes moretones y golpes. Y unos pocos, los menos, con tajos y cortes.
El último asesinato fue cometido en la Calle del Teatro. Slava y Jinet, su hijo de 3 años fueron las víctimas. El marido encontró la casa en silencio al regresar del teatro (es tramoyista), el niño estaba ahorcado en una viga, y bajo él, la madre, lloraba sangre. Después Slava se auto-apuñaló en presencia de más testigos, una sonrisa demoniaca estaba fija su rostro cuando murió. El marido se volvió loco por la pena y el dolor (o quizá por otra cosa), se llama Josua Lorent y está internado en el Sanatorio Mental Du'blent.”


Los héroes decidieron visitar a Josua en el sanatorio, pero eso quedaría para mañana, ya que no se podían recibir visitas de noche. Así pues, ya por fin, los héroes volvieron a “El Yunque Herrumbroso” y obtuvieron el merecido descanso...

A la mañana siguiente, al poco de amanecer un día gris y plomizo, con dispersas lluvias ligeras, acudieron a visitar el sanatorio.
El Sanatorio Mental Du'blent era un psiquiátrico en una zona pobre de la ciudad. Tenía tres pisos, de arquitectura gótica, estando todo el tejado adornado con gárgolas. Unos pequeños jardines lo separaban del resto de la ciudad por una verja de tres metros. Las ventanas estaban enrejadas.
En recepción, los investigadores, preguntaron por el superviviente Josua, gracias a la labia de Paul lograron entrar sin mayor problema, les hicieron esperar en una sala común de recreo, donde tanto enfermos como celadores y visitantes convivían en las visitas. Locos se les quedaron mirando murmurando incongruencias. En una esquina dos celadores ataban a un enfermo que no dejaba de gritar y patalear, mientras los héroes paseaban por la sala esperando que llegara el celador que había de llevarles ante Josua.

En un lateral de la sala, entre otras muchas, había una puerta abierta, en una oscura habitación, sólo alumbrada por finos hilos de luz que entraban entre las cortinas, sentada en una mecedora, estaba la joven más bella que jamás habían visto, su pelo era largo y nacarado, su piel morena y unos ojos grises brillantes, ella levantó la mirada del suelo y los miró a los ojos –“¡Hola! ¿Venís a ayudarme?”- murmuró. Los aventureros entraron intrigados, aunque Kinino mostraba reticencias, Irahel fue el primero en entrar en la habitación-celda.


En una esquina de la misma una anciana estaba apoyada en la pared cercana, muy, muy vieja, babeando y con una camisa de fuerza. Conforme sus pasos, de pronto casi de forma mágica, resonaban en el duro suelo, el ambiente se hacía frío, jirones de aliento salen de sus bocas, la claridad del día, tras las cortinas se vio transformada de pronto en noche cerrada. Los muros estaban recién pintados y no ajados por el tiempo. Un último vistazo por encima de sus hombros les mostró a la anciana de la camisa de fuerza, la misma cara, el mismo pelo, pero ahora era una joven, una muchacha de no más de 22 años. La joven de enfrente, en la mecedora repitó –“Hola, ¿Venís a ayudarme?”- escucharon su voz, más con el pensamiento que con los oídos. Con un gesto retiró el fular de su garganta y vieron claramente una cicatriz rosada que la cruzaba. De repente un rayo de luna cruzó la habitación y quedó ante sus ojos una mecedora, meciéndose con un chirrido leve y sentada encima, una muchacha a la que le atravesaba claramente los rayos de luz lunar, dejando clara su incorporeidad. Kinino murmuró un “lo sabía, os lo dije”, el resto aunque asustados, se sobrepusieron al encuentro con el espíritu. De hecho, Robbert le pregunto –“¿Cómo podemos ayudarte?”-, la preciosa fantasma murmuró: -“Castigad al que me hizo esto... No recuerdo ni cuantos años llevo aquí. Me llamo Lissa, era joven y bella... estoy aquí por mi novio”- susurro nerviosa como acobardada... de repente el espíritu abrió mucho los ojos e hizo participes a los héroes de una visión del pasado: “Lissa era abofeteada por un joven vestido con túnica larga blanca –“¡Puta! No vuelvas a hacerlo”- Se hacía la noche, el joven hiere en el cuello y corta la lengua a Lissa y la ingresa en este psiquiátrico/ tras un par de meses Lissa se arroja por una ventana desesperada”... Los héroes salieron del shock acobardados y algo asustados, pero algo les ancló de nuevo al mundo terrenal, desde la puerta un celador entrado en la cincuentena gritaba: -“¿Qué si son ustedes los qué he de llevar a la celda de Josua?”- Todos los héroes compartían una sensación de apelmazamiento y pesar en el alma. Asintieron y fueron saliendo de uno en uno de la celda, en la que la anciana volvía a ser una anciana demente...
 



El celador, comentó: -“¡Ah! Si, es por aquí, acompáñenme. El bueno de Josua... está completamente chalado, solo hace que murmurar cosas sin sentido y se asusta de su propia sombra”-. Pasaron por pasillos fuertemente vigilados hasta llegar a otra sala llena también de locos, esta más fuertemente vigilada. El celador, Jean Marie se presentó, sacó un manojo de llaves y abrió una puerta. –“Es aquí, volveré en un rato”-, se despidió. En ese momento el apelmazamiento en el alma y la sensación ominosa era enorme, volvieron a sentir una punzada en el alma y entraron en la celda.

Dentro encontraron una sala levemente acolchada, y dentro un hombre aún no llegado a la treintena, con una camisa de fuerza, demacrado, pálido y con ojeras. Apenas murmuraba cosas sin sentido tirado en el suelo. Le ayudaron a incorporarse y sentarse en el suelo, Robbert y Paul se sentaron enfrente y comenzaron a preguntarle sobre el ataque y lo que había sucedido aquella noche, pero Josua era incapaz de hablar normalmente, sólo murmuraba cosas inconexas y sin sentido y gritaba, chillaba más bien de dolor... Sus ojos estaban perdidos y sus manos temblaban sin parar. Después de un tiempo escuchándole, los héroes le escucharon susurrar: -“Gale, Galeeeee, Galerniuuus, Galerniuuuus, uuuuuuuussssssssss... ¡No, no no no!, no dejes entrar el viento axese (o parecido) ¡¡¡¡¡Aaaaaahjjjjj Slava... ella, ella ahorco a Jinet...”- terminó llorando. Los héroes salieron de la sala azorados “¿Galernius?” menos es nada, dijeron. Mientras Jean Marie cerraba la celda le preguntaron si podían ver los registros del psiquiátrico, pues podía ayudarles en el caso de Josua. El celador no les puso impedimentos y dijo que él mismo les llevaría. Una vez en el registro, Jean Marie les dejó solos unos momentos. Los héroes se dividieron, unos buscaron todo lo que había sobre Josua, y al parecer era poco, no tenía más familia que su mujer e hijo, ahora muertos, y no aportaban muchos más datos. Mientras el resto de héroes busco un ingreso de una tal Lissa, y tras tensos minutos lo encontraron... había un expediente en ajado pergamino. Lissa Demartens, entró en el psiquiátrico como hacía treinta años, y al poco murió... se suicidó arrojándose por una ventana aún no enrejada... Poco más ponía, la firma eran dos enormes letras JM...
 


Finalmente Jean Marie les acompaño afuera, camino todo los jardines con ellos, dándoles palique sobre lo mal que estaba el tiempo y los peligrosa que se estaba volviendo la ciudad, finalmente llegaron a la puerta enrejada y Jean Marie se despidió... en ese momento todos volvieron a sentir la ansiedad en sus almas y mentes, la punzada en el velo de la comprensión... finalmente fue Robbert y Elisabeth los que cayeron en la cuenta, Jean Marie... era el mismo joven de la visión, el que pegaba y gritaba a Lissa... todos se sintieron azorados y decidieron volver a la posada y hablar... tenían una misión muy importante entre manos, pero tampoco podían dejar el crimen de Jean Marie, realizado hace casi treinta años, impune. Mientras comían en “El Yunque Herrumbroso” palomas en salsa de vino discutían acaloradamente que hacer...





Continuará...

Marcados saludos.-

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