Aventuras en la Marca del Este, un retroclón español de la caja básica de D&D.

El Clan del Lobo Gris, aventureros proscritos, los últimos de su clan.

Estas son las crónicas de nuestras aventuras, con este magnífico sistema.

jueves, 19 de abril de 2012

Latrocinio en Robleda


Buenas,

El otro día, Manolo y yo jugamos una partida en solitario a Aventuras en la Marca del Este, poniendo a prueba a su singular ladrón, Kinino. La partida fue corta, de apenas dos horas y pico y completamente improvisada. Quedamos bastante satisfechos con ella :)

Para empezar la aventura urbana del ladrón, le inste a que tratará de vender el equipo sobrante que ya no usaba (o siquiera ha llegado a usar) y ganase así fondos para la juerga que estaba empeñado en realizar. Después de regatear en varias tiendas y en el mercado, consiguió colocar todo lo que le sobraba (gracias en parte a la subida momentánea +2 a Carisma en Robleda, debido a encontrar con éxito la cura de la Extraña Enfermedad que les encomendó el Duque).

Por otra parte hace tiempo, gracias el genial blog “Padre, Marido y Friki”, descubrí esta chulísima tabla para juergas en D&D: AQUÍ.

Me gustaron mucho sus reglas, cuando la fiesta se te va de las manos, etcétera, además casa perfectamente con mi grupo de jugadores, que acumulan oro sin parar, y luego no saben bien cómo gastarlo y terminan haciendo algún que otro fiestón. Así que decidí, que ya que Kinino quería hacer una fiesta, utilizar estas reglas e improvisar en razón de lo que saliera de ella y ver que tal.

Así aconteció:

...

Kinino paseaba por el mercado de la plaza de Robleda, había vendido multitud de mercancías que le sobraban ya de sus aventuras, todos los mercaderes le ofrecían buenos tratos, parecía que el asunto de la Torre de Acbar y la noticia de que habían salvado la vida a los dos guardias, habían corrido como la polvora. Del objeto que más le constó desprenderse fue de la curvada daga visirtaní que encontró en la torre de Acbar... cuando un enjuto mercader venido del país del desierto, le ofreció cinco mil monedas de oro, ni una más ni una menos, Kinino dudó, sabía que la daga estaba encantada, ¿pero tanto? Finalmente el oro pudo con él y lo recogió, asegurándose aún más si cabe la Daga Albritch en su cinto.

Con el oro conseguido fue a al tugurio donde trabajaba su madre, tras tomar una copa con esta, le dio unas pocas monedas de oro y la prometió que la visitaría más a menudo. Tras esto sin salir del garito habló con su contacto con el Gremio de Ladrones, iba a organizar una fiesta esta noche en la Sirena Alegre, extramuros de la ciudad, invitó a algunos conocidos miembros, y le pidió que llevara aquel delicioso brandy de contrabando, correría de su cuenta.

Con más dinero junto del que jamás había visto, Kinino se acercó a la posada La Sirena Alegre, allí tras invitar a una ronda a todo el mundo, le pagó al dueño por sus mejores viandas para cenar, que hiciera toda la comida posible, y que subiese del la bodega todos los toneles de cerveza y vino. Así tras comer y echarse una siesta, a primera hora de la tarde regreso a la posada a orillas del Arroyosauce.

La fiesta sería recordada durante muchos de los meses venideros, abundó el alcohol y los bardos y juglares, se cerraron negocios y tratados, se comió, mucho y muy bien, hubo sólo altercados menores sin problema alguno. Kinino gastó dinero a espuertas, cuando la mañana siguiente miró, para pagar los pocos desperfectos, su mermada bolsa, vio que había gastado dos mil quinientas monedas de oro (Nota del Narrador: vamos que sacó un 10 en el d10, por 200+50 por tener contactos con el gremio...). Además, en contra de su voluntad, Kinino había ganado una inusitada fama de juerguista y vividor. Él no lo sabía, pero a partir de entonces, cada vez que quisiera organizar una fiesta, invitar a algo, o darse una copiosa cena, su fama le iba a hacer que le costará más caro.

En todo caso la noche anterior, durante la juerga, él también cerró un lucrativo trato (o al menos eso pensaba). En medio del jolgorio, el ladrón no pudo resistirse a una partida de póker dados. Sus víctimas fueron un mercader con piercing en la nariz, y pinta facineroso (debía ser más bien un contrabandista) y con un tipo ataviado con jubón negro y capucha calada. Ambos parecían jugar bien, pero les desplumo cinco monedas de oro en unos pocos minutos. El contrabandista desistió y se unió a la juerga bebiendo a la salud de Kinino. Sin embargo el encapuchado con sonrisa afilada pidió la revancha a Kini.

Esta partida estuvo más igualada y al final el encapuchado ganó con un full de 5s/6s sobre las dobles parejas de Kini. El misterioso individuo se quitó la capucha y le dijo: -“Bien jugado, Kinino, no esperaba menos de ti”-. Kini se percató que parecía conocerle y le preguntó por su nombre, -“Elkarion Dracus, me llamo”-, el tipo parecía no pasar por mucho la treintena, de pelo castaño oscuro y largo, sus ojos eran de un extremado frío azul, y tenía una cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda. –“Se tu nombre y bastantes cosas sobre ti, de hecho he venido esta noche aquí buscándote. ¿Podemos hablar en confianza?”- Kinino asintió, y Elkarion le contó que necesitaba un ladrón que conociera bien Robleda, y que estuviese al margen del Gremio. Quería que se infiltrara en ciertas dependencias peligrosas. Cuando Kini preguntó dónde, la respuesta le dejó blanco. En el castillo del Duque Reginbrand. Debería llegar a una habitación en el cuarto piso del ala sur. Una habitación con tapices azules, al final de largo pasillo (sin ventanas), -“El dintel de la puerta tiene dos gárgolas apoyadas, enfrentadas. Allí tendrás que tapar una bola de cristal que hay sobre una mesa (con algún trapo digo yo), y extender en el suelo este pergamino”-, terminó de explicar Elkarion cuando Kinino, tras pensárselo aceptó, algo alocadamente, la misión.

Llegaron al acuerdo de quinientas monedas de oro (doscientas en el momento) y cierto objeto que allí encontraría y que le vendría muy bien para su “cuestionable profesión”. Elkarion insistió en que la infiltración había de ser esa noche o a más tardar la siguiente. Kinino le dijo que la siguiente, que debería hacer ciertos preparativos. Con esto, Elkarion le entregó un saquito con las doscientas monedas de oro y se marchó.

Kini siguió con la fiesta, bebió, comió y cantó. Pero no se acostó muy tarde... estaba intrigado.

A la mañana siguiente no se despertó demasiado pronto, el posadero de la Sirena Alegre tuvo a bien invitarle a una comida-almuerzo bastante copiosa. No estaba muy resacoso, así que decidió darse una vuelta por cerca del Castillo Reginbrand. Ese día había mercado, justo a la sombra, de la colina donde descansaba el enorme castillo. En su vertiente sur, por donde Kini decidió que debería subir, había un pequeño barranco que caía casi a vertical. A la vera del barranco los mercaderes chillaban a voz en grito sus mercancías, mientras parecía que compraba, Kinino con ojo crítico observaba los cambios de guardia, contaba el tiempo en latidos de corazón y estudiaba el acantilado. Tras sacar algunas conclusiones, se fue a echar una siesta a la taberna donde trabajaba su madre.

Cuando la tarde declinaba y comenzaba a oscurecer Kinino volvió al mercado al sur del castillo, los mercaderes comenzaban a recoger sus mercancías y sus puestos. Mientras Kini a la sombra de un soportal, con la capucha puesta, volvía a estudiar el pequeño barranco, el muro sur del la fortaleza y los guardias que por el patrullaban. Se oculto más en las sombras y dejó que anocheciera.

Llegada la medianoche, Kinino mastico un poco de tasajo de venado, mientras seguía observando las almenas del castillo. Cuando el soldado giró en el vértice suroriental, el ladrón salió corriendo del soportal, cruzó la plaza en sigilo y se pegó al acantilado. Con suma maestría comenzó a subir por el acantilado. Tras un par de minutos se encontraba arriba del acantilado, pegado de espaldas al muro del castillo. Contó mentalmente el mismo tiempo que llevaba toda la tarde midiendo, el paso del centinela. Cuando términos su cuenta, se dio la vuelta dispuesto a trepar, pero su píe tropezó con un cascote que cayó acantilado abajo. Casi veinte metros por arriba, escuchó al guardia pararse sorprendido y mirar hacia abajo. Kini se agachó cogió un pedrusco y lo arrojó con fuerza hacía su derecha, el guardia, arriba, se giró hacia el nuevo sonido y giro por el vértice del adarve, al ala oriental del castillo. Kinino aprovechó y comenzó a trepar el muro del castillo, mucho más complicado que el del acantilado. Pero el ladrón era hábil y fuerte, y en menos de un minuto estaba sobre el alfeizar de una ventana del tercer piso.

Saco de su bolsa un largo alambre y sus herramientas de ladrón, con cuidado trató de abrir la ventana, pero le fue imposible. Más a la derecha había otra ventana, así que se jugó de nuevo la vida, avanzando por el muro en horizontal hasta el nuevo alfeizar. Esta vez tuvo más suerte y consiguió abrir la ventana, colándose con agilidad dentro. Estaba en lo que parecía una pequeño almacén, saltó con sigilo al suelo llegó a una puerta y escucho, había pasos al otro lado, así que, pacientemente, esperó. Tras un par de minutos abrió un poco la puerta, no había nadie. Era un pasillo que corría a este y oeste, salió en sigilo y avanzo hacía la izquierda, oeste.

Avanzó, protegido por la mortecina oscuridad de la noche y su sigilo natural. Tras un breve lapso de tiempo llegó a una sala más grande, desde una balconada daba abajo a un salón en el que el servicio iba de aquí para allá. Atravesándolo por la balconada lateral llegaría a unas escaleras que le acercaban a su objetivo, la cuarta planta. Con sumo sigilo y despacio, llegó a las escaleras, y las subió. Ya estaba en el cuarto piso y en el ala sur, sólo debía encontrar el largo pasillo sin ventanas.

En absoluto silencio y escondiéndose cuando se cruzó con soldados y siervos, Kinino por fin llegó al “largo pasillo sin ventanas”, dobló una esquina y vio tras un largo pasillo, la puerta descrita por Elkarion, dándole la espalda, un soldado caminaba por el pasillo. Kinino se dio de nuevo la vuelta y esperó a que el guardia girase al final del pasillo, confiando en que al llegar a la esquina comenzara de nuevo su marcha hacia la puerta. Por suerte para él así fue, así que aprovechó y salió en sigilo, dispuesto a dejar inconsciente al tipo de un golpe en la cabeza, más algo falló, pues el soldado se giró enarbolando la lanza, Kinino atacó con el pomo de la Espada Ferenz al guardia, que lo esquivó por poco. Acto seguido clavo en el muslo del ladrón el arma y se dispuso a dar la alarma, pero en ese momento Kinino, bastante herido, volvió a golpear, esta vez acertando, al guardia en la cabeza. Este, pese al yelmo cayó inconsciente.

Rápidamente fue hasta la puerta de las gárgolas y, tras sacar su equipo, la intentó abrir, falló. Desesperado, Kini golpeó la puerta con el hombro, una, dos veces hasta que la abrió. Sin mirar a su interior, cogió al guardia y lo arrastró dentro. No se percató, pero restos de sangre salpicaban el pasillo.

La sala era una habitación sin ventanas. Amplia con pilares en las cuatro paredes, alguna librería, y la gran mayoría de paredes cubiertas por tapices con diversos temas y escudos, todos con cierta tonalidad azul. Cerca del centro de la sala encontró una mesa grande de roble barnizado. Sobre ella descansaba una enorme bola de cristal, que siguiendo las instrucciones de Elkarion tapó con un trozo de lienzo. Tras ello, comenzó a buscar por la sala durante un rato, sin encontrar nada reseñable. Amordazó y ató al soldado inconsciente, y por fin extendió el pergamino que le había dado Elkarion, en el suelo. En él había escrita una enorme runa que el ladrón no comprendió. Instantes después de extenderla, la runa comenzó a brillar al principio con un leve parpadeo, pero cada vez más intensamente. De repente la runa se borró del pergamino, y justo sobre este, se materializó Elkarion. –“Gracias, maese Kinino, creí que ya no lo habrías conseguido”-, el ladrón con gesto extrañado, murmuró: -“Me tope con problemas”-.

Elkarion desenvaino un enorme espadón de acero grisáceo, esto puso en aviso a Kino, que desenvainando la Espada Ferenz y la Daga Albritch preguntó si había problemas. Elkarion le miró y dijo: -“Sígueme en silencio, y sobre todo, NO TOQUES NADA”-. La oscura figura de Elkarion retiro uno de los tapices y comenzó a buscar en la pared situada tras este. Un par de minutos después un panel corredizo en la pared se deslizó hacia la derecha. Elkarion le pidió a Kinino que buscara algún tipo de trampa en el vano de la puerta. Kini se agachó y estuvo unos minutos examinando la puerta secreta, tras esto se levantó y dijo: -“No hay trampas, al menos yo no las veo”-, de repente del mandoble de Elkarion surgió una voz ruda, metálica, -“No paséis, hay una trampa de foso justo enfrente de la puerta”-, Elkarion murmuró algo como “Presumida” y envainó el espadón, mientras Kinino examinaba una vez más el vano y creyó saber cómo sortear el foso.

Dentro encontraron una sala acolumnada de unos diez por cinco metros, con techo alto en bóveda y con multitud de tesoros y objetos esparcidos por el suelo, Kinino comenzó a mirar para todos los lados con los ojos como platos, las manos se le hacían arena, Elkarion le volvió a mirar amenazante y le repitió –“NO TOQUE NADA. Sólo hemos de coger dos cosas una para cada uno, así no se notará el latrocinio, o al menos será más difícil que detecten que nos hemos llevado”-.

Elkarion buscó afanosamente hasta que encontró una figurilla de mujer, hecha en bronce y de unos cinco centímetros. Luego murmuró, -“Tiene que estar por aquí”- y segundos después le entregó una capa a Kinino, era negra con un reborde al final rojizo con runas negras, según le contó Elkarion, con ella le sería más fácil desempeñar su oficio además de otorgarle una protección menor.

Después de esto, y con Kinino aún babeando ante tantos tesoros, volvieron, salvando la trampa de foso, a la sala anterior. Allí Elkarion le dijo que se agarrara a él, al menos que le tocará, sacó un porta pergaminos de cuero con remaches en plata y pequeñas anillas con runas, eligió una y tiro de ella, salió un pergamino con escritura mágica, canturreó en Vetusto, y de repente aparecieron en una habitación en La Sirena Alegre.

Ya tranquilos en la posada, Kinino le preguntó qué porque tanto interés, qué era aquella figurita, enigmáticamente Elkarion contestó que hacía un “favor” a una vieja amiga. Kinino no quiso indagar más y pidió el resto de su recompensa, Elkarion le dijo que no podía darle los trescientos oros restantes, no los tenía... que le denunciara a las autoridades si quería, con doscientos y la capa, tiene más que de sobra. Kinino cedió –“Bien jugado”-, Elkarion le dijo que se iba a quedar una temporada por Robleda, y que podrían hacer negocios más adelante, incluso si conseguía dinero le daría las trescientas monedas de oro. También le comentó que estaba interesado en conseguir unos planos de Lyrhost, y que parece ser que él era uno de los “dueños”, si se los conseguía le daría las 300 mo y mucho más... Kinino igual de suspicaz que avaricioso, comenzó a pensar en sus posibilidades mientras le dejaban solo en la habitación de la posada...

Al día siguiente, sin que el ladrón lo supiera, el guardia inconsciente comenzó a describir a uno de sus superiores el aspecto del tipo que le había dejado inconsciente...

...

Marcados saludos.-

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