Aventuras en la Marca del Este, un retroclón español de la caja básica de D&D.

El Clan del Lobo Gris, aventureros proscritos, los últimos de su clan.

Estas son las crónicas de nuestras aventuras, con este magnífico sistema.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Crónicas del Clan Lobogris I


Prólogo a la Tormenta

De cómo Elgo realizó, y notoriamente, la profesión de capitán mercenario...

Poco antes de la tormenta, en el alargado Valle de Sargas, en Eltauro cerca del Gran Pantano, el enorme campamento militar descansaba y los pendones ondeaban mecidos por el frío viento proveniente del norte...

Mientras el sol salía por el este, entre los montes Liafdag plagados de verdes árboles y con las cumbres nevadas, por el norte, el cielo se iba oscureciendo poco a poco. Nubes grises avanzaban hacia el sur con rapidez inusitada. El capitán mercenario norteño pensó con ironía en el claroscuro del cielo, reflejo de la realidad del avance de las fuerzas orcoides desde el maldito Bosque Tenebroso, al norte de Eltauro. Los orcos y trasgos acompañaban a la tormenta, descendían con ella, eran sus mensajeros, sus malditos portadores del estandarte.

Mantuvo sus fríos ojos azules fijos en el rápido avance de las nubes, formaban multitud de figuras que henchían su imaginación. Una de ellas le recordó a Wullen, su lobo mágico, instintivamente Elgo Eltharion, último descendiente de los gobernantes del nórdico clan Lobo Gris, echó mano al cuerno que guardaba en la bolsa del cinto. Si lo soplaba con fuerza, de él surgía una nube de niebla que asumía la forma física de Wullen, un inmenso lobo negro, símbolo regio del gobernante del casi extinto clan. El cuerno de marfil de mamut lanudo del norte, tachonado en plata, descansaba en su sitio, aún después de la agitada pelea de la noche pasada. Un pisaverde de Marvalar, había humillado a uno de sus mercenarios, tanto de palabra como haciéndole caer con una oportuna zancadilla. Elgo le devolvió la humillación, y estalló la pelea. Cuando los soldados del Duque los separaron, había seis hombres de la capital de Reino Bosque heridos y por el suelo, y sólo dos mercenarios estaban heridos de relativa gravedad. Elgo se frotó con el pulgar el pómulo derecho, ya no había casi hinchazón, y apenas dolor, tras el puñetazo de uno de los soldados. Salió de entre las mantas para dormir y se calzó sus botas de cuero, abrochó a su cintura su ancho cinto, se colocó la negra capa y se caló la capucha, el sol naciente aún no calentaba el ambiente. Se sentó en el suelo y rebuscó entre sus pertenencias.

Elgo, al que llamaban, no sin falta de ironía, Lord Eltharion Lobo Gris, masticó un poco de cecina ya muy seca, y dio un trago de agua para que la dura carne entrase mejor, se incorporó y observó el campamento detenidamente. Casi todo el mundo dormía, y posiblemente su último desayuno fuera un mísero mordisco de cecina y agua. Maldijo a Orthen para sí, lo que le llevó a pensar: «Una tormenta y venida del norte... es Orthen que viene a por mí, le he dado esquinazo demasiadas veces durante ya muchos años».

El ducado de la Marca del Este estaba en peligro, la guerra llamaba a sus fronteras, las escaramuzas por el borde oriental y septentrional del país eran desde hacía cinco lunas la tónica común del día a día. El Duque Reginbrand tenía un buen ejército, el mejor y más profesional de Reino Bosque según se decía, y como rendía pleitesía y vasallaje a Marvalar, los caballeros de esta ciudad ayudaban al ducado en estos tiempos inciertos. Pero las patrullas de orcos eran cada vez más numerosas en Eltauro, los orcos estaban cada vez más organizados, las normalmente dispersas tribus se habían aliado, y además Ungoloz había firmado pactos de no agresión con los trasgos, se rumoreaba que incluso les vendían armas de acero ungolita. Elgo y unos pocos elegidos, un grupo de aventureros llamado el Círculo de Zerom, liderados por un elfo de Esmeril, un tal Sendel, sabían que eso se debía al poder oculto en Kahar—Ik, un antiquísimo túmulo en los Pasos de Eltauro. Se debía, pues, al Innombrable, que orquestaba todo desde su base, el sombrío túmulo, Elgo, su compañero y amigo Derek y el grupo de aventureros habían presenciado de forma directa el despertar del maldito ser, del pesaroso liche que dormitaba en Kahar—Ik desde hacía siglos. Habían sido testigos e incluso en cierta manera, culpables de la resurrección. Pero eso ahora no importaba, seis lunas les separaban ya de aquel acontecimiento, ya era tarde para actuar contra aquel que no se debe nombrar, ahora era tiempo de batalla, de lanza y de espada, de escudo y de yelmo.

Reginbrand, no estuvo ocioso durante el recrudecimiento del conflicto, reclutó milicianos, aumentó su ya de por sí numeroso ejército, pidió ayuda a los piadosos Caballeros de la Cruz del Sur, y éstos mandaron a un paladín de Valion, Sir Donastar de Marvalar, su solo nombre ya inspiraba a los soldados, pero Elgo no estaba tan seguro de si su pulso mantendría ya firme la lanza debido a lo avanzado de su edad. También mandaron a tres caballeros más, Sir William Stergton, Sir Godfrid Pallfren y Sir Kulldar Carcill. Una ayuda, obviamente, inestimable. Pero aún así Reginbrand necesitaba más soldados, más espadas y escudos, hombres dispuestos a morir, mercenarios, los perros de la guerra.

Así había llegado a esta situación Elgo, contratado como mercenario, en una unidad de descreídos, de viejos guerreros, de jóvenes delincuentes sin ideales, gente que había crecido con una espada entre las manos y el oro entre ceja y ceja. Tras un par de encontronazos menores con su capitán, un ungolita más alto y fuerte que él, en una escaramuza al noroeste de Fortín Abandonado, el citado capitán de la unidad de mercenarios cayó bajo el mayal de un gran ogro, así que cuando Elgo acabó con el gigantesco ser en singular combate, fue la opción más evidente para la sustitución en la capitanía. Elgo tenía dotes de mando, había sido criado en castillo, estaba acostumbrado a dar órdenes. Además su entrenamiento allá en el lejano norte, en Refugiolobo, le había proporcionado una gran habilidad marcial. No tardó en granjearse la lealtad de los mercenarios, al menos toda la que se puede esperar de ellos.

Y allí estaba él, pocas horas antes de la prevista batalla, liderando un centenar de mercenarios vagabundos. Carne de cañón a ojos del buen duque y de cualquiera con dos dedos de frente que analizara la situación. A lo lejos, hacia el norte, Elgo divisó las fuerzas orcas, salían del bosque aprovechando la oscuridad que otorgaba la cercana tormenta. Miró a su izquierda, a no más de dos tiros de piedra estaba el campamento de los caballeros de Marvalar, y un poco más atrás el grueso del ejército de la Marca del Este. Pero eso no le importaba, sabía que ellos eran la cuña del ejército, ellos eran "sacrificables", el duque no tendría que rendir cuentas a ningún familiar por cada uno de sus muertos, pero a la vez eran imprescindibles en el plan de los generales.

La batalla no podía tardar mucho en comenzar, los caballeros, allá en su campamento, comenzaban a armarse y pertrecharse. El sonido del cuero y el metal tomó poco a poco el campamento. Elgo silbó fuerte y los mercenarios de guardia se volvieron, algunos salieron de su ensueño, — ¡Arriba perros!, debemos ganarnos la soldada. Los que sepáis rezar, comenzad a hacerlo, los demás, ¡poneos la jodida armadura y preparaos para lo peor!— chilló a voz en grito. Lentamente el campamento mercenario cobró vida y se desperezó. Elgo se dirigió a la tienda de intendencia de la compañía mercenaria, apartó la puerta de tela y entró. Dentro, Nogryn, vestido de verde y granate, charlaba animadamente con varios lugartenientes mercenarios. Éstos escuchaban con avidez lo que decía, parecía que llevaban bastante tiempo despiertos, puede que ni siquiera hubieran dormido. Nogryn era un juglar, un bardo errante de Salmanasar. Había recorrido casi todo Valion varias veces. Se había unido al grupo mercenario como artista, y pese a sus reticencias iniciales, Elgo había de reconocer que tenía conocimientos y habilidades que les habían venido muy bien. En ese momento hablaba con pasión dando la espalda a la entrada:

— Y fue entonces cuando el Marqués de Gwythirien trató de retarme a duelo, mas ésa era una pelea que no podía ganar él y que no podía aceptar yo— el juglar de rubios cabellos hizo una reverencia y una floritura con la mano derecha— una huida apresurada en la noche tras un beso robado hace terminar la historia— la parroquia de soldados mercenarios sonrió. —Ahora, si no os importa, cantaré una canción, la voz es como vuesas espadas, si me permiten la comparación, si se abusa de ella, se mella, mas si no se usa ni entrena, se oxida y embota.— Nogryn disfrutaba sintiéndose el centro de atención.

— Nogryn cállate—, la fuerte voz de Elgo hizo girarse al bardo y enmudecer, algo casi milagroso.— Deja las canciones para después de la batalla..., ya sean fúnebres o de victoria. —el tono del capitán no admitía réplica— Muchachos arriba, preparaos. Haced que todos los hombres estén en formación y dispuestos antes de que el sol avance un palmo.— dicho esto, Elgo se dirigió a su arcón y lo abrió para ponerse su peto de coraza, hombreras, grebas y yelmo. Los lugartenientes salieron de la tienda con rapidez para cumplir su cometido.

Una hora después la tensión que atenazaba a la mayoría de soldados era insoportable, el cielo estaba completamente oscurecido por las grises y densas nubes y el nerviosismo entre los soldados era mucho más que evidente. Lejanos truenos anunciaban que la tormenta estallaría a no más tardar. Los orcos en la lejanía se agitaban y preparaban, los hombres de la Marca del Este se terminaban de pertrechar, mensajeros corrían por el campamento ultimando detalles, los caballeros ensillaban caballos y afilaban las espadas. El ambiente era denso y pesado, como de una mala pesadilla.

Ambos ejércitos ya estaban preparados. Elgo, al frente de sus mercenarios, observó como Sir Donastar arengaba a la caballería y les transmitía la estrategia que todos los capitanes habían acordado la noche anterior en la tienda de mando de Reginbrand. Elgo estuvo en la reunión, su única conclusión es que ellos eran un peón sacrificable, embestirían junto a la caballería. En principio tratarían de debilitar el flanco izquierdo del ejército trasgoide, pero estaban en una proporción ciertamente ridícula comparados con el número de orcos y trasgos. Aunque la charla del Duque, un tipo serio y adusto, presto a veces a la ira pero razonable en batalla, convenció a todos, Elgo supo enseguida que los mercenarios eran una simple distracción para que el grueso del ejército de la Marca hiciera una táctica envolvente por el flanco derecho de los negros orcos de Kahar—Ik aprovechando la ladera de la colina y un bosque de altos pinos. El plan del Duque era bueno, no podía negarlo, pero los infantes mercenarios deberían aguantar mucho para que se completase el rodeo. Se les pedía más que a nadie por una lealtad basada en el oro... Reginbrand, con porte adusto, de su armadura de campaña, con la calavera con la rosa de los vientos bien visible, símbolo del Ejército del Este, se quedó mirando significativamente a Elgo cuando éste salió de la tienda tras la charla. El Duque estaría en la cuarentena y era mucho más guerrero que noble, se había criado más en campamentos militares que en castillos y cortes, así que sabía perfectamente el sacrificio que exigía a su unidad de mercenarios, no obstante, se mesó el corto cabello cortado al estilo militar y volvió su vista al mapa, el capitán de los mercenarios no le defraudaría, pensó, había algo en sus fríos ojos, una determinación asomaba a ellos, como fogatas tras muros de hielo, Reginbrand conocía esa mirada...

No obstante al salir de la reunión, Elgo, estuvo a punto de abandonar el campamento, nada le ataba salvo el dinero, y ninguna cantidad paga una muerte segura. También estaba su honor, pero al norte de Ungoloz, en los territorios de los Hombres del Norte, el honor se mide con una vara distinta que en Reino Bosque. Además era el último de su Clan, sin contar a Derek Therion, que seguramente estaría en algún lupanar de Robleda gastando lo rapiñado en Kahar—Ik. El instinto de supervivencia le decía a gritos que cogiera su caballo y cabalgara todo lo posible hacia el oeste, hasta Robleda, luego ya habría tiempo de ir hasta Olmeda, o incluso a Marvalaro o Salmanasar, muy al oeste, para huir de la guerra. Pero si los mercenarios tenían una posibilidad entre mil, ésa era con él al frente. Sin él estaban condenados. Además, ¡qué demonios!, le gustaba una buena pelea como al que más...

Elgo miró al cielo y varias gotas dispersas le mojaron la cara, comenzaba a chispear. De repente un joven mercenario lancero de Salmanasar tembló, su miedo e intranquilidad eran patentes.

El nórdico aventurero volvió a mirar a la cabeza de la caballería, los ejércitos orcos comenzaban a movilizarse allá a lo lejos. Un trueno no demasiado lejano, silenció el rumor de la naciente batalla. Una fina y persistente lluvia comenzó a caer, ahora con más fuerza, desde el encapotado cielo. Elgo tenía que decir algo, le correspondía esa responsabilidad. Inspiró el húmedo aire mientras cerraba los ojos, buscando inspiración e intentando vencer su propio miedo, ató fuertemente tras su nuca las dos finas trenzas que le caían por la frente una a cada lado, como siempre que se disponía a luchar, un gesto que denotaba a la vez, comodidad y superchería.

— ¡Mercenarios!— chilló con toda la fuerza de sus pulmones,— no soy un jodido bardo que os camelará con lisonjas y sinsentidos, ni siquiera soy un caballero bendecido por los dioses como aquel— Elgo señalo con la cabeza al añoso paladín Donastar, al menos a cuatrocientos pies de distancia, pero tan lejos a la vez, que podría estar en Neferu.

Detuvo su mirada en algunos de los mercenarios que estaban situados en primera fila, — ¡No!— continuó— ¡Yo soy un mortal!, como vosotros, ¡soy un guerrero! Como vosotros, ¡soy un mercenario! Como vosotros, y seguramente mañana estaré muerto— hizo una pausa y miró intensamente a varios de sus mercenarios— ¡Como vosotros! Nosotros no importamos a los dioses, ni siquiera le importamos a aquellos que nos pagan. Pero marcaremos la diferencia en esta batalla.— Guardó silencio por un momento, se subió a su oscuro caballo, un brioso destrero negro llamado Noche VII (ya que Elgo siempre llamaba a sus caballos Noche e intentaba siempre que fueran negros), y paseó de nuevo la vista por su pequeña unidad.

Alzó aún más la voz, casi llegando a su límite físico: — ¡Hay algunas cosas que marcan nuestra vida para siempre!... Cuando tomamos consciencia de repente de que un día moriremos, nos guste o no. ¿Cómo nos va a gustar?... Pero os seré sincero, hoy hay muchas probabilidades de que sea “ese día”. Acordaos también de lo jodido que es cuando descubres que todo lo que sabes o crees saber no es como piensas, nada es lo que parece...— Hizo una pausa, la escasa pero persistente lluvia le empapaba el cabello— También hay un momento en el que abandonas todo lo que tienes y aprecias por alguien o algo, sin importar las consecuencias y hasta el final, y muchas veces sin recibir nada a cambio. Posiblemente, muchos hoy os hayáis dado cuenta de que es fácil que muráis en breve, de que creíais que todo era más sencillo, que la soldada de mercenario era buena y fácil de ganar, pensabais que los orcos de los pasos de Eltauro jamás se unirían, y os preguntáis si todo esto merece la pena afrontarlo, dejarlo todo por esta batalla, por este ejército...

Elgo tomó aire, miró al encapotado cielo — No os voy a engañar, posiblemente hoy muramos... ¡Muerte, Desolación y Sacrifico! Ésos son nuestros privilegios y a la vez nuestra condena. La diferencia estriba en que podemos elegir nuestra derrota, pensadlo por un momento... ése es un privilegio al alcance de muy pocos.— Un relámpago cruzó el cielo, Elgo continuó— ¿Qué hacer, pues?, ¡Os diré lo que yo voy a hacer!, ¡luchar!, ¡luchemos como diablos de Penumbra, y hagamos al menos dudar a los Dioses de que esta batalla ya está perdida!— Elgo desenvainó su espadón “Zarpagris” y lo levanto con los músculos del brazo tensos como el acero. Otro trueno lejano hizo encabritarse a su caballo.

— ¡Desenvainad prestos, que los dioses vean el brillo de nuestras armas!— casi todos los mercenarios le obedecieron rápidamente.— Luchemos por dinero, mucho dinero, luchemos por la Marca del Este, pero sobre todo... luchemos ¡Por Noooooosoooooooootroooooooooooos!— chilló con todas sus fuerzas y cargó valle abajo a galope tendido mientras su caballo dejaba tras de sí polvo y dudas. Los caballeros, a cientos de pies de distancia, siguiendo sus propias órdenes, también comenzaron a avanzar a un ritmo creciente. El suelo retumbaba bajo los cascos de sus engalanados caballos. Un pequeño rayo de sol se abrió paso entre las densas nubes, por un momento el sol resplandeció sobre las toneladas de metal del Ejército del Este. Ecos de juramentos al dios Valion y a la Reina Vigdis II sonaron como en un sueño lejano.

Un infante visirtaní, un chico joven de no más de veinte inviernos, cetrino de piel y con un bigotillo incipiente, fue el primero de los mercenarios en salir y enjugarse de la magia del momento, miró a su alrededor, y mientras chillaba cargó también valle abajo, lanza en ristre. Poco a poco, como un lento tamborileo que va aumentando su cadencia, una marea de mercenarios le siguió…

La Batalla del Valle de Sargas en Eltauro acababa de comenzar, el estrépito era ensordecedor y el futuro de la Marca del Este reposaba, en parte, en los hombros de un pequeño grupo de mercenarios...

Marcados saludos.-

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada