Aventuras en la Marca del Este, un retroclón español de la caja básica de D&D.

El Clan del Lobo Gris, aventureros proscritos, los últimos de su clan.

Estas son las crónicas de nuestras aventuras, con este magnífico sistema.

domingo, 13 de septiembre de 2026

Cuando arde el hogar 1

 


Buenas,

Seguimos con la campaña de Dragonlance Quinta “La Sombra de la Reina de los Dragones”. El rolato lo hace Antonio desde el punto de vista de su mago elfo Elesseryn. Alerta SPOILER: si vas a jugar esta campaña, no lo leas, te la vas a reventar entera...

... ... ...

PRÓLOGO:

Hoy calla la espada,
hoy duerme el escudo.
La tierra ha recibido
a Ispin Verdescudo.

No lloréis por el hombre
que cayó en el camino;
llorad por los que quedan,
sin su voz, sin su abrigo.

Compartió nuestro fuego,
nuestra mesa y nuestro vino;
y aunque el mundo era oscuro,
él nunca temió al destino.

Ahora el viento se lleva
su nombre entre los pinos.
Pero mientras haya amigos,
Ispin no estará perdido.

Descansa, viejo amigo.
Que los dioses te guíen.
Nosotros seguiremos andando…
aunque ya no estés con nosotros.

Elegía por Ispin Verdescudo.

... ... ...

Las horas siguientes transcurrieron entre las calles de Vogler, los muelles y las celebraciones del Festival del Martín Pescador. Los héroes pasearon por el pueblo, tratando de disfrutar de la hospitalidad de sus gentes mientras se preparaban para despedir a su viejo amigo Ispin.

Aquella misma tarde llegó el momento del funeral. En el muelle, frente a las aguas del Vingaard, Ispin fue amortajado y colocado cuidadosamente en una pequeña barca. Antes de entregarlo a la corriente del río, Becklin pronunció unas palabras en su honor, recordando al hombre que había sido compañero de armas, viajero y amigo de tantos que estábamos allí reunidos.

Después, en silencio, la barca fue empujada hacia las aguas. La corriente comenzó a llevársela poco a poco, alejándola del muelle y de Vogler, hasta convertirla en una pequeña silueta que desapareció río abajo.

Pero el funeral no sería el último recuerdo que tendrían de Ispin. Aquella noche, el pueblo decidió celebrar su vida. La tristeza dio paso a las risas y la taberna se llenó de historias y anécdotas sobre el viejo aventurero. Algunos recordaban sus hazañas, otros sus torpezas, y más de uno tenía alguna historia que contar sobre las innumerables situaciones en las que Ispin había conseguido meterse.

Fue allí donde Becklim nos presentó a Garrote, la comandante de los mercenarios, compañera de Ispin. La mercenaria no había acudido sola. Aprovechamos para poner a ambas al día de los peligros que rodean Vogler, esas extrañas criaturas que nos enfrentamos no muy lejos de aquí.

Fue durante aquella cena cuando apreciamos a una elfa misteriosa, sentada sola junto a la pared. Su presencia no parecía encajar del todo con el ambiente alegre de la taberna. Mientras los demás bebían, reían y compartían recuerdos de Ispin, ella permanecía apartada, observando en silencio. Alguno de nuestros compañeros intentó entablar conversación con ella, pero la elfa no parecía tener demasiado interés en hablar con nosotros, solo pudimos obtener su nombre era Leedara. Sin embargo, después de insistir se pudo convencerla de que tocase algo de música con la flauta que traía y cantase algo para los presentes. Y entonces ocurrió algo inesperado, la música llenó la taberna.

Su voz era realmente hermosa, aunque las palabras resultaban incomprensibles para muchos de nosotros. Cantaba en una lengua que ninguno conocíamos, una lengua antigua que hacía que aquella canción pareciera provenir de un tiempo muy lejano. Durante unos instantes, las conversaciones se apagaron y todos escuchamos en silencio, no era simplemente una buena canción, había algo en ella que resultaba extraño. Melancólico. Hermoso y, al mismo tiempo, difícil de explicar.


 

Creo que fue Stormwood quien, al terminar la interpretación, se acercó a ella y la tocó para agradecerle la música, y fue entonces cuando nos hizo un comentario que no olvidaríamos fácilmente, su piel estaba fría, fría como la de un muerto.

Aquello hizo que las dudas se multiplicaran. ¿Quién era realmente aquella mujer? Conocía a Ispin ¿Era una antigua compañera de aventuras? ¿Quizá una amante? ¿O tal vez una enemiga que había venido a despedirse de él y mostrarle su respeto por última vez? No teníamos respuestas. Leedara seguía siendo un misterio, y por el momento, parecía decidida a que así continuara. Abandono la posada sin que nos diésemos cuenta y partió del pueblo sin una palabra más.

Después de aquel extraño encuentro, la noche continuó entre risas, recuerdos y brindis por el compañero perdido. También conocimos aquella noche a un noble  llamado Bakaris el Joven, hijo del hombre más rico del pueblo. Este no tardó demasiado en demostrar que la humildad no era precisamente una de sus virtudes. Petulante y deseoso de convertirse en el centro de atención, comenzó a hablar de Ispin con desprecio, tratando de deshonrar la memoria del difunto. No tuvo demasiado tiempo para continuar, los presentes se encargaron rápidamente de que Bakaris abandonara la taberna, y poder continuar a la manera de Ispin con la despedida.

El amanecer siguiente nos llevó hasta Muroespina, la antigua fortaleza situada a la entrada de Vogler y residencia de Becklin, nos había invitado a desayunar y así poder enseñárnosla a petición de Valeria y yo mismo. De camino nos encontramos con su ayudante, Darret, que se dirigía a comprar unos bizcochos para el desayuno que nos estaba preparando. Aquella pequeña muestra de hospitalidad no sería la última que recibiríamos de la caballero. Una vez en la fortaleza, Becklin nos hizo un regalo inesperado, nos entregó el escudo de Ispin. El viejo aventurero había querido que nosotros lo tuviéramos, y ahora aquella pieza quedaba en nuestras manos como último recuerdo suyo. Valeria fue quien lo tomó. A simple vista parecía un escudo, pero había algo extraño en él. Su aspecto no era el de un escudo corriente y yo esperaba poder disponer de tiempo para estudiarlo con detenimiento y descubrir si escondía alguna propiedad que todavía desconocíamos.

En lo alto de la fortaleza conocimos además a un personaje bastante peculiar. Un gnomo inventor, llamado Than, parecía estar construyendo algún tipo de artefacto que, a primera vista, solo podía describirse como una catapulta de personas. Aunque, a decir verdad, parecía que todavía estaba trabajando en la parte más importante del invento: cómo conseguir que quien fuera lanzado aterrizase con vida.

Aquella mañana comenzaron oficialmente las fiestas del Martín Pescador. El ambiente del pueblo volvió a llenarse de música, juegos y competición. Entre las distintas actividades tuvo lugar el tradicional concurso de pesca, en el que finalmente se alzó con la victoria la propia alcaldesa, Raven. Tuvimos entonces la oportunidad de conocerla mejor, una mujer muy respetada por los habitantes de Vogler, y aprovechamos para agradecerle la hospitalidad que el pueblo nos había ofrecido desde nuestra llegada.


 

Pero el acontecimiento principal estaba todavía por llegar. La recreación de la batalla de Colina Alta. La guarnición de Vogler representaría al ejército de los Solamnia, donde pertenecía el caballero Vogler, quien daba nombre al pueblo. Frente a ellos se encontrarían los mercenarios de Garrote, que representarían al ejército invasor. Todo estaba preparado para ser una representación divertida de una batalla legendaria. Las armas serían de madera y nadie debía resultar herido.

Además, como era tradición, existía un campeonato muy particular: el premio a la muerte más absurda o graciosa. En las últimas ediciones, aquel peculiar galardón había terminado en manos del bueno de Ispin.

Mis compañeros decidieron participar en el bando de Vogler. Yo, en cambio, acepté la invitación de Becklin para ejercer de juez junto a la alcaldesa Raven, y todo debería haber sido feliz, divertido, una celebración para recordar a los héroes del pasado y, al mismo tiempo, para honrar la memoria de Ispin.

Pero la traición se adueñó del campo de batalla.

Sin previo aviso, algunos de los soldados mercenarios dejaron de utilizar armas de madera, las armas reales aparecieron entre sus manos, y lo que hasta ese momento había sido una representación se convirtió en una auténtica matanza. Los mercenarios comenzaron a atacar y a matar aldeanos. El caos se extendió por el campo de batalla. Los gritos sustituyeron a las risas y las celebraciones se transformaron en una lucha desesperada por sobrevivir. Nadie tenía claro qué estaba sucediendo. Pero los Verdescudo sí tenían claro una cosa, aunque aquello fuera una recreación, ellos nunca habían abandonado sus armas, y ahora tendrían que utilizarlas.

Las flechas comenzaron a volar por encima del campo de batalla, hiriendo a combatientes sin distinguir entre bandos. Varios mercenarios cargaron directamente contra nosotros. Stormwood reaccionó transformándose en un enorme oso pardo y se lanzó con toda su fuerza contra uno de los mercenarios que avanzaba a caballo. Brottor, oculto detrás de un carromato, encontró el momento adecuado para disparar su ballesta y consiguió herir a otro de los atacantes. Yo alce mis Namanos y el fuego brotó de ellas, alcanzando y dañando a un tercero. Rayna lanzó su grito de batalla y se arrojó contra los mercenarios, mientras Valeria encaraba a otro de los enemigos.

La batalla había dejado de ser un juego. Darret que había venido con nosotros y Umi que apareció desde la espesura, cayeron al suelo, vencidos por las heridas. Pero ninguno de los demás retrocedimos, uno a uno, conseguimos derribar a los mercenarios que nos rodeaban. La furia de la batalla comenzaba a apoderarse de nosotros y, cuando estábamos a punto de poner fin a las miserables vidas de aquellos hombres, algo mucho más grande apareció ante nosotros.

Un semiogro. Gragonis, segundo al mando de la compañía mercenaria.


 

El comandante de los mercenarios había entrado finalmente en combate, acompañado por un par de soldados más. Durante un instante, todo pareció detenerse, entonces volvió a sonar el grito de guerra de Rayna que se arrojó con su gran hacha contra él, con un golpe del que no podría recuperarse. Fuego y metal siguieron dañándolos, todos concentramos nuestras fuerzas sobre el nuevo enemigo. La lucha fue dura. Mucho más dura que cualquier combate que hubiéramos imaginado cuando comenzó aquel día de fiesta.

El semiogro era una criatura formidable y sus golpes podían acabar con cualquiera de nosotros, pero los Verdescudo ya habían aprendido algo en Vogler: juntos éramos mucho más difíciles de derrotar. Golpeamos, esquivamos, conjuramos y resistimos. Y finalmente, tras un último y desesperado esfuerzo, el semiogro cayó ante la espada de Valeria y los últimos mercenarios fueron derrotados junto con él. Habíamos vencido. Aunque la muerte reinaba en la ladera

Poco después aparecieron la alcaldesa Raven, Becklin y Garrote. Las tres llegaban exhaustas, agotadas por la batalla y por el horror que acababan de presenciar. Garrote, especialmente, estaba fuera de sí. La traición había tenido lugar dentro de sus propias tropas. Aquellos hombres habían servido bajo su mando y, sin embargo, habían vuelto sus armas contra sus propios compañeros y contra los habitantes de Vogler.

Entre los numerosos cuerpos de los traidores conseguimos encontrar a uno que todavía permanecía con vida. Era nuestra oportunidad de descubrir qué había sucedido realmente. Lo llevamos a la posada y allí fue interrogado donde poco a poco comenzó a emerger la verdad.

Al parecer, Gragonis había recibido un pago para provocar un motín y hacerse con el control de la unidad mercenaria, arrebatándole el mando a Garrote. El plan había sido cuidadosamente preparado. Los implicados en la conspiración se encontraban todos en el campo de batalla y habían participado en la traición. La situación, sin embargo, parecía estar controlada. Los mercenarios que permanecían en su acuartelamiento no estaban implicados y, según lo descubierto durante el interrogatorio, permanecían leales a Garrote. Al menos por el momento.

El misterio de quién había pagado al ogro y cuáles eran sus verdaderas intenciones seguía sin resolverse. Pero una cosa estaba clara, lo que había sucedido en Vogler no había sido un simple enfrentamiento entre mercenarios.  Alguien había querido provocar el caos, y alguien había estado dispuesto a pagar por ello.

El Festival del Martín Pescador había comenzado como una celebración y había terminado dejando tras de sí muertos, traición y demasiadas preguntas.

Formamos un pequeño grupo junto a un cazador local para investigar lo sucedido y decidimos acudir al bosque, al lugar donde, según las palabras del mercenario superviviente, el semiogro se había reunido con alguien para organizar y fomentar el motín. Se adentraron entre los árboles siguiendo las indicaciones que habíamos conseguido durante el interrogatorio. Durante un buen rato no encontramos nada que pudiera aclarar nuestras dudas. Sin embargo, tras buscar con detenimiento, conseguimos descubrir algunos rastros. Huellas y señales de que varias personas habían pasado recientemente por aquel lugar. El rastro parecía continuar hacia el interior del bosque, y decidimos seguirlo.

Durante un par de horas se avanzó con cautela, cada vez más lejos de Vogler. Y entonces, al alcanzar una posición alta desde la que se podía contemplar el terreno que se extendía delante, se encontraba un ejército enorme. Cientos de soldados, tal vez miles, ocupaban el terreno hasta donde alcanzaba la vista. Filas de tropas, tiendas y estandartes se extendían ante nosotros.

Pero hubo algo que nos llamó especialmente la atención. Entre las tropas ondeaba un estandarte que hacía mucho tiempo que no se veía, cinco dragones de distintos colores formaban una estrella. Mala señal. No necesitábamos saber mucho más.

Aquello superaba con creces nuestras fuerzas y, si aquel ejército tenía Vogler como objetivo, el pueblo no estaba preparado para defenderse.

No se perdió tiempo. El grupo de exploradores regreso rápidamente al poblado para alertar a Raven, Becklin, Garrote y al resto de los habitantes.

Pero apenas habíamos tenido tiempo de asimilar lo que habíamos visto cuando una nueva sorpresa llegó a las puertas de Vogler. Un emisario de aquel ejército se había presentado ante el pueblo. No venía a negociar, traía un mensaje. Exigía que Vogler proporcionase alojamiento y alimento para todo el ejército, nadie podía abandonar el pueblo. Si sus habitantes se negaban a obedecer, las consecuencias serían claras. Vogler sería destruido. El ultimátum estaba sobre la mesa. Cinco soldados se quedarían vigilando que se cumpliesen sus exigencias desde lo alto del acantilado que protegía el pueblo.

Un enorme ejército se encontraba a pocas horas de las puertas del pueblo.


 

Y los Verdescudo comprendieron que la batalla que acababa de comenzar no era una simple disputa entre mercenarios. Aquello era algo mucho más grande. La guerra había llegado hasta Vogler. Y antes de ejecutar cualquier plan debíamos acabar con los vigías...

... ... ...

EPÍLOGO:

Kansaldi Ojos de Fuego examinó en silencio el plano extendido ante ella.

Vogler sería la punta de lanza. Más allá, Kalaman. Y entre ambas, a uno y otro lado del río, se extendían vastas tierras salvajes que apenas ofrecerían resistencia al avance del Ejército del Dragón. La ciudad parecía preparada para resistir. Aún quedaban mercenarios leales al pueblo y la entrada era estrecha, fácil de defender. Pero Kansaldi no había llegado hasta allí para dejarse intimidar por una simple empalizada.

Tenía tres cosas que convertirían aquella conquista en un asunto breve. Un ejército. Una extraña máquina de los gnomos. Y un dragón.

Tres armas suficientes para quebrar la voluntad de cualquier ciudad que osara alzarse contra Takhisis.

Solo había una sombra sobre aquella certeza. Las constantes disputas entre el nigromante Lohezet y el clérigo Belephaion comenzaban a agotar su paciencia. Dos hombres poderosos, demasiado ocupados en alimentar sus propios rencores como para comprender que la guerra que se avecinaba no tendría piedad con los débiles ni con los necios.

Kansaldi volvió la mirada hacia Vogler en el mapa. Pronto y después, Kalaman.

El Ejército del Dragón Rojo avanzaría como una marea de sangre y fuego, y nada que los mortales pudieran reunir sería suficiente para detenerlo. No fracasaría. No ante su señor, Lord Verninaard. Y mucho menos ante su diosa. Takhisis.

Por un instante, los ojos de Kansaldi parecieron reflejar el resplandor de un fuego que todavía no había comenzado a arder. —Que empiece la conquista.

... ... ...

En breve la segunda parte de “Cuando arde el hogar” con el desenlace y la suerte de Vogler y su “asedio”. Y como de costumbre las fichas de los personajes en el estado que estén conforme acaben la aventura rolatada:

Héroes de la Saga Verdescudo V.3.0

 

Marcados saludos.-