Aventuras en la Marca del Este, un retroclón español de la caja básica de D&D.

El Clan del Lobo Gris, aventureros proscritos, los últimos de su clan.

Estas son las crónicas de nuestras aventuras, con este magnífico sistema.

martes, 5 de mayo de 2020

Los desvelados en la niebla




Buenas,

Y seguimos con otro rolato de Symbaroum Salvaje. Lo dicho con anterioridad, debido al confinamiento, creo que estoy (estamos) jugando como cuando estábamos en el instituto, mucho... van bastantes partidas a Symbaroum, pero también a Coriolis y a The Witcher (estas como jugador 😊).

Esta aventura me la descargué y la retoqué ligeramente para meterla en la crónica y hacer que el nuevo personaje, Tanis, se integrara en el grupo. Así conocerían algunas cosas de la ambientación que no habían salido hasta ahora y a un PNJ importante, el Padre Elfeno (que en mí versión es quién les mandó la misión).

El rolato está narrado desde el punto de vista del trasgo Fenyek (uno de los más veteranos del grupo, y de los pocos (3) personajes iniciales que jugaron La Tierra Prometida y siguen vivos).

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PRÓLOGO


“Sus ojos se entornaron; sobre los blancos hielos de las altivas cumbres
agonizaba el sol; y de las densas brumas tras de los amplios velos quedó
flotando, a solas, inmóvil, en los cielos, el lívido cadáver del último arrebol”


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La leña que hemos recogido está algo húmeda y ha costado encender la hoguera. Esa es la causa de que la triste fogata desprenda más humo que calor, pero es lo que tenemos. Es mi turno de guardia y mientras mis compañeros descansan yo me entretengo arrojando algunas ramitas al fuego. El triste fuego ilumina a ratos los rostros de mis compañeros, el honorable Angar, el valiente Vadakh y el piadoso Tanis. Tienen sueños inquietos, tal vez estén rememorando nuestra última aventura. Me pasa lo mismo, al mirar como sale el perezoso humo de la fogata recuerdo la niebla que nos asedió en la torre vigía de la que salimos ayer y un escalofrío recorre mi cuerpo. Una vez más he sobrevivido a los horrores de Davokar...

Todo comenzó hace unos pocos días. Estábamos en Fuerte Espina, tomando una cena caliente en el Reposo de la Costurera y brindando por la fortuna de Dakeyras, pues pocas veces los aventureros se pueden retirar para disfrutar de una tranquila vida familiar. Mientras cenábamos un extraño se acercó a nuestra mesa y se presentó como Tanis y pronunció un nombre que descansaba casi olvidado en mi memoria “Lestra”. Resultó que nuestro visitante era un Manto Negro que había servido a las órdenes de Lestra, la Manto Negro con la que crucé los Titanes hace ya una vida.

Tanis buscaba ayuda para afrontar unos extraños sucesos que habían acontecido al oeste entre los pueblos de Mica y Lagomica y que habían llegado a oídos de Elfeno el Primer Teurgo de Fuerte Espina. Al parecer en las solitarias granjas de la zona habían muerto, en extrañas circunstancias, varios niños pequeños.

Contar con el favor de la Iglesia de Prios y de los Mantos Negros nunca viene mal a un trasgo aventurero. Además, la natural predisposición de Angar a proteger a los indefensos nos llevó a unirnos a Tanis en esta nueva aventura.




Nuestro primer destino era Mica, una diminuta aldea a medio día al oeste de Fuerte Espina. Tanis quería entrevistarse con Grepelo el teurgo de la pequeña capilla de la aldea para empezar a reunir pistas sobre las extrañas muertes, así que hacía allí nos dirigimos. Apenas habíamos abandonado Fuerte Espina se nos unieron tres soldados del ducado de Narugor. Sus nombres eran Hollín, Jagatas y Donmar y su destino era reemplazar a la guarnición de la torre vigía “número 67”. Dado que nuestro camino era el mismo durante un largo trecho nos unimos a ellos.

Hollín era el sargento del grupo, era un veterano, que no paraba de hablar y contar chistes y hacer bromas a costa de sus compañeros. Jagatas era otro veterano, taciturno y un tanto hosco. Por lo visto le habían degradado por un asunto de faldas (se tomó a mal que su mujer le fuese infiel) y ahogaba sus penas en alcohol. Y por último estaba el novato Donmar. La cháchara incesante de Hollín y el olor a alcohol barato de Jagatas me mareaban, me entretuve atormentando al pobre Donmar con mis historias más tenebrosas de aventuras en Davokar. Aunque me eché unas risas a su costa, realmente lo hice como advertencia para que tuviese el debido respeto al bosque. Sí lo sé, soy un buenazo. Jajajajajaja.

Cuando llegamos a Mica, Tanis se dirigió a hablar con Grepelo mientras nosotros buscábamos alojamiento en la taberna de la aldea. Tanis volvió en seguida para informarnos que quería dirigirse a la granja de los Iaogai, una familia que había perdido recientemente a dos gemelos, de apenas un año. Al día siguiente por la mañana pasaríamos por la granja de Iaogai y su esposa...

La taberna que nos sirvió como alojamiento estaba muy solitaria además de nosotros solo había un mercader con el que Vadakh estuvo compartiendo unas jarras de cerveza. Tanis no durmió con nosotros, quedándose con Grepelo en la ermita, seguramente dando gracias porque el sol salga y se ponga, jajajaja.

A la mañana, justo al partir hacia Lagomica a un día a caballo si se nos daba bien, Vadakh nos entretuvo con un problema que le había surgido. En ese momento no entendí muy bien que sucedía, pero más tarde nos explicó que no confiaba en los soldados que nos acompañaba y que había preferido dejar que ellos saliesen antes para continuar nuestro viaje sin su compañía.

Llegamos a la granja de los Iaogai, Nuestras pesquisas en la granja nos permitieron descubrir restos de escarcha en la ventana más próxima a la cuna donde dormían los gemelos y que la madera de la cuna estaba combada por la humedad. Ambas cosas eran muy extrañas ya que la casa era sólida y muy cálida. Sumado a la ausencia de huellas junto a la ventana el caso empezó a interesar mucho a Tanis.

Tras obtener toda la información que nos fue posible nos despedimos de los Iaogais. Pero nos dieron otro nombre, la granja Thogar, cerca de Lagomica, allí había muerto otro bebé recién nacido...

Mientras avanzábamos por el camino pudimos ver algunas de las torres vigía que el duque de Narugor había construido para vigilar el linde del bosque. Y nos cruzamos con algunos soldados un tanto siniestros que observaban desde la lejanía nuestro paso o, en el mejor de los casos, respondían a nuestros saludos con gestos silenciosos.

Este comportamiento terminó por despertar nuestras sospechas y finalmente nos aproximamos a una de las torres. Tanis investido con la autoridad de los Mantos Negros se dirigió abiertamente al encuentro de los guardias. Yo preferí utilizar el subterfugio y acercarme desde la parte que encaraba al bosque. Que le voy a hacer, los trasgos no siempre somos bienvenidos y prefiero ser cauto.

En esa torre, los guardias humanos nos informaron sobre “los desvelados”, pobres desgraciados que al fallecer son reanimados por la corrupción que anida en Davokar o, quizá, por la maldición de la Gran Guerra que trajeron del sur los ambrios. Esto les impide encontrar la paz del descanso eterno. Incansables, pues no tienen las debilidades de los mortales, son los vigías perfectos, así que el duque Junio Berakka, que debe ser un hombre muy pragmático, les ofrece seguridad a cambio de su leal servicio en la linde del bosque.

Continuamos nuestro camino silenciosos. Mis pensamientos no hacían más que dar vueltas sobre el destino de los desvelados, ¿la corrupción nos afectaría de igual modo a los trasgos? ¿Volvería de la tumba para vagar eternamente entre las sombras del bosque? ¿Kverula me reconocería? ¿Aceptaría el duque a un trasgo entre sus desvelados? En esto la niebla había llegado desde el bosque, fría, húmeda. En muy poco tiempo apenas nos dejaba ver más allá de nuestros brazos extendidos. De repente un sonido me sacó de mis profundas reflexiones, el suelo parecía temblar y antes de que nos diésemos cuenta un gigantesco abojalí se cruzó en nuestro camino. Nuestras monturas se asustaron y mis compañeros acabaron descabalgados. Yo pude controlar a mi fiel pony y ver como la criatura continuaba su alocada carrera subiendo la ladera contraria. Desde luego parecía estar huyendo de algo, pero ¿que podría ahuyentar a una criatura así?

Todavía nos estábamos reponiendo de la impresión y estábamos pensando en buscar refugio, cuando llegó a nuestros oídos el sonido de un caballo al trote y nos preparamos para lo peor.

Sin embargo, nos encontramos con un jinete con la librea de Narugor y una capa gris, iba encapuchada y enmascarada, y el frío estaba cristalizado en su capa, dándole un cierto aíre de espectro... Pero se trataba de Pallas, una desvelada que prestaba servicio en la “torre vigía 71” y que había partido hacia Mica en busca de ayuda para sus compañeros que estaban aquejados de una extraña enfermedad. Tanis le desaconsejó ir a Mica puesto que sabía que el teurgo de la aldea se negaría a prestarle ninguna ayuda, dada su condición de muerta viviente. Sin embargo, nosotros sí podíamos ayudar a sus compañeros o al menos determinar la causa de su mal con los conocimientos de Tanis y mis conocimientos básicos de hierbas y raíces curativas.




Pallas nos guio hasta la “torre 71” y allí encontramos a sus compañeros. A parte de Pallas había otro desvelado que seguía en su puesto y tres humanos ambrios. Beremar y Godtal estaban gravemente enfermos y no eran capaces de moverse y por último Segel, que estaba enfermo, pero aún se podía sostener en pie. Los soldados llevaban tres días enfermos y asociaban sus males a la presencia de la niebla. Al examinarlos Tanis dedujo que su mal estaba provocado por la corrupción de Davokar. Yo con un simple vistazo pude ver que si no se eliminaba el origen de la corrupción los soldados morirían en pocos días.

Tras examinar las cercanías de la torre e interrogar a los soldados descubrimos que un oficial había ordenado a los soldados reconstruir el inacabado muro que rodeaba la torre y para hacerlo habían cogido algunas rocas de unas ruinas próximas. Estas rocas eran negras con vetas rojas y parecían estar calientes. En contra de mis deseos mis compañeros decidieron devolver las rocas e investigar las ruinas, aunque el crepúsculo se cernía ya sobre la torre. Estábamos preparando la partida cuando vimos aparecer unas siniestras luces azules en medio de la niebla. Angar reconoció esas luces como hielos fatuos, las mismas criaturas que habían segado la vida de Lynae. Nos refugiamos inmediatamente en la torre y nos dispusimos a luchar por nuestras vidas. Los seres apagaron con su frío las luces exteriores. Para mi consternación descubrí que estos espectros incorpóreos podían atravesar fácilmente las ventanas y que mi lanza les hacía tanto efecto como si les golpease con una ramita.

Sin embargo, los colmillos de Kverula, la magia de Tanis y las armas de Angar y Vadakh sí que surtieron efecto y acabaron con estos espectros funestos.

Aún con más recelos que antes intenté convencer a mis compañeros que esperásemos al alba antes de ir en busca de las ruinas malditas. Sin embargo, ellos estaban decididos y confiaban en Prios y en la aguda vista de Angar para guiarnos. Pero justo al iniciar el camino nuevas luces espectrales volvieron a asaltarnos, pero esta vez apareció un ser diferente. Parecía una dama élfica cubierta por ricos ropajes, pero tanto la dama como los ropajes eran tan incorpóreos como los espectros que la escoltaban y a la vez parecía hecha de hielo. Y la dama fantasmal habló para reclamar su corazón. Mientras mis compañeros hacían frente a la nueva oleada de espectros helados yo me dirigí a la torre y me encaré con Segel, el soldado que aún era capaz de hablar. Sabía que tenían que esconder algo, el corazón que buscaba esa alma en pena. Para mi desgracia mi escasa corpulencia no intimidó a Segel y tuvo que ser Angar quien obtuviese la respuesta. Mientras cogían piedras de las ruinas Segel había encontrado un gran rubí que parecía palpitar con un brillo hipnótico y decidió guardarlo para garantizarse un buen retiro. Tras recuperar la joya Angar se la arrojó a la dama fantasmal, pero al ser incorpórea ésta no podía cogerlo, por tanto, Angar empeñó su palabra de caballero y juró que devolvería la joya apaciguando de esta forma a la aparición.




Reunimos las piedras que los soldados habían cogido de las ruinas, la joya y con la guía de Segel nos dirigimos inmediatamente a las ruinas. Apenas nos internamos en el linde del bosque, pero el ambiente se notaba opresivo, se notaba que en ese lugar la maldición del bosque era muy intensa. Tardamos poco en llegar al lugar y encontramos que las ruinas eran apenas una serie de muros que en el mejor de los casos llegaban a mi altura y en la mayoría de las ocasiones no eran más que una línea de piedras en el suelo del bosque. Solo quedaba parcialmente en pie un edificio que tal vez en otro tiempo fue un templo. Segel nos indicó donde dejar las piedras y después nos llevó al interior del ruinoso edificio. En su interior había un pedestal y sobre él lo que parecía la pila de una fuente llena de hielo, salvo por un hueco donde parecía que encajaba la joya maldita. Angar dejó la joya en el hueco y enseguida quedó cubierta por escarcha.

Satisfechos porque creímos terminada nuestra misión nos dispusimos a abandonar las ruinas, pero en ese momento la voz de la dama fantasmal retumbó entre los decrépitos muros “No has cumplido tu promesa”. Deseando terminar lo antes posible nuestra estancia en las ruinas corrí hasta la fuente y liberé la joya utilizando mi cuchillo. A continuación, la voz nos guio hasta una cripta debajo del edificio ruinoso. Allí sobre una lápida yacía una momia cubierta por tres cadenas abiertas. Me dirigí hacia la momia y dejé la joya sobre el pecho. Vi como la joya se hundía en el pecho de la momia y a continuación ésta se levantó y prorrumpió en unas carcajadas estruendosas. La criatura nos había engañado. Tras recuperar su corazón la criatura había recuperado su cuerpo y estaba lista para expandir su maldición por toda Ambria, pero nosotros seríamos sus primeras víctimas o al menos esa era su intención.




Convocó a una horda de sus hielos fatuos para reclamar nuestras almas, pero nosotros hicimos frente a esas almas en pena y cargamos contra el demonio que habíamos despertado. Ese demonio usó magia oscura para defenderse y vimos como las heridas que hacían nuestras armas se cerraban casi al instante de abrirlas. Finalmente logramos acorralar a la criatura y decapitarla. Vadakh recordó la joya maldita y la arrancó del pecho de la momia para destruirla. Solo después de eso terminamos con la criatura y pudimos retornar a la “torre 71”.

Allí nos despedimos de Pallas y sus compañeros, no sin antes recibir por nuestra parte numerosas advertencias y consejos sobre cualquier cosa que encontrasen el bosque.

Ahora en la fría noche mientras mi mirada sigue el baile de las pequeñas llamas de la fogata vuelvo a recordar el frío brillo espectral de los hielos fatuos y de la dama fantasmal, la Gran Dama Gélida, como la llamó Tanis, que los guiaba. Tanis está convencido que los soldados rompieron accidentalmente el sello que retenía a la fría dama. Ésta al liberarse invocaba la niebla para moverse por la linde del bosque llegando hasta las granjas más cercanas y llevada por el vago recuerdo de una vida familiar pasada reclamaba las almas de los infantes para convertirlos en hielos fatuos que trataba como si fuesen sus hijos.

Davokar es cada día más siniestra y la corrupción reclama un tributo cada vez más alto. Tal vez no haya sido casualidad unir nuestro destino al de un Manto Negro.


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EPÍLOGO:


Goltas inquieto, miró a su primo-segundo Ugtuls... la situación no podía seguir así. Dando un largo trago de un líquido verde y con alta graduación alcohólica, eructó al frío cielo nocturno, más allá de la muralla este de Fuerte Espina. –No te preocupes, hablaré con Fenyek...-. 


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Y así acabamos con este rolato de “Los desvelados en la niebla”. En breve más... Como siempre tras un rolato, estado actual de los PJs de la campaña:



Marcados saludos.-