Aventuras en la Marca del Este, un retroclón español de la caja básica de D&D.

El Clan del Lobo Gris, aventureros proscritos, los últimos de su clan.

Estas son las crónicas de nuestras aventuras, con este magnífico sistema.

viernes, 23 de octubre de 2026

Misiones para Kalaman

 


Buenas,

Nuevo rolato sobre la campaña “La Sombra de la Reina de los Dragones”. Esta parte de la campaña es un poco valle, con bastantes trabajos e investigaciones para Kalaman. Aquí os dejo con el rolato, narrado de forma neutra. Si vas a jugar esta campaña oficial, mejor no lo leas, porque, aunque hemos metido cambios, te la vas a spoilear de cabo a rabo.

... ... ...

PRÓLOGO:

«Ni el hierro más templado resiste el martillo sin descanso, ni el hombre más fuerte sirve a su señor si olvida cuándo debe reposar».

Grognir de Garnet.

... ... ...

Las semanas que siguieron a la caída de Vogler estuvieron marcadas por un incesante ir y venir. Los asuntos personales de los héroes, unidos a las misiones que la Mariscal Vendri les encomendaba, los obligaban a entrar y salir de Kalaman una y otra vez. Apenas tenían tiempo para descansar antes de que una nueva tarea reclamara sus espadas.

Aunque las autoridades les habían reservado aposentos en el castillo, los Verdescudo no tardaron en demostrar que su compromiso iba mucho más allá de blandir el acero en el campo de batalla. Todos ellos, y muy especialmente Umi, arrimaron el hombro para levantar y organizar el campamento de refugiados de Vogler, instalado junto a la Puerta del Guerrero. Allí se habilitaron un comedor comunal, bajo la atenta dirección de Yalme, y un hospital de campaña para atender a los heridos, enfermos y desamparados que habían logrado escapar de la destrucción.

El Gobernador Calof Miat

 

No fueron pocas las horas que los héroes dedicaron a aquella labor. Cargaron tablones, distribuyeron provisiones, ayudaron a levantar tiendas y atendieron las necesidades de quienes habían perdido cuanto poseían. Ni siquiera la presencia del inoportuno bardo kender Vóskar, que parecía empeñado en hacer resonar sus canciones y comentarios allá donde se encontrase, consiguió apartarlos de su cometido.

Mientras tanto, dentro de los muros de Kalaman, Valeria comenzó a predicar sobre el regreso de los dioses. Sus palabras se dirigían, sobre todo, a quienes profesaban la fe en Paladine. La caballera hablaba de la esperanza renovada, de la protección que los dioses podían volver a ofrecer a los mortales y de la necesidad de resistir con entereza ante los tiempos oscuros que se avecinaban. Muchos la escuchaban con devoción; otros, con escepticismo. Pero incluso entre estos últimos hubo quienes encontraron consuelo en sus palabras.

Elesseryn, por su parte, cumplió con el encargo que lo había llevado hasta la botica de Wyhan, donde entregó el pergamino que le habían confiado. Según pudo averiguar, aquel documento constituía una nueva parte de la prueba de la Alta Hechicería a la que se estaba sometiendo. La entrega dio pie a una larga discusión con la maga de túnica negra acerca de la naturaleza de la magia, sus principios y el camino que debía seguir quien aspirase a dominarla. Como cabía esperar, ambos abandonaron la conversación sin haber alcanzado acuerdo alguno, ni siquiera sobre el color de túnica que más convenía al joven mago elfo.

Más adelante, tras desembolsar una considerable suma de oro, Elesseryn consiguió que los responsables de una carbonería le cedieran un patio cerrado, donde pudo llevar a cabo el ritual para invocar a su nuevo familiar. Entre las sombras y el olor persistente del carbón, la criatura respondió a su llamada: un búho élfico, cuya presencia habría de acompañarlo en las jornadas venideras.

Brottor dedicó buena parte de aquellos días a recorrer el mercado y frecuentar los rincones menos respetables de Kalaman. Con paciencia y discreción, fue estableciendo contacto con algunas de las figuras más destacadas de los bajos fondos de la ciudad. En tiempos de paz, tales individuos quizá habrían sido considerados poco más que ladrones, contrabandistas o maleantes; pero, cuando la guerra acecha, incluso las voces más despreciables pueden revelar secretos de incalculable valor.

Stormwood, entretanto, acudió a los archivos y a la biblioteca del castillo para investigar unas armaduras que había visto en el risco de Vogler. Sus pesquisas arrojaron un resultado sorprendente: se trataba de armaduras solámnicas anteriores al Cataclismo. Más aún, sus características parecían corresponder a las tradiciones artesanales de aquella misma provincia de Solamnia en la que ahora se encontraban. Aquel descubrimiento abría nuevos interrogantes, aunque todavía no ofrecía respuestas concluyentes.

Los héroes averiguaron también que los Bakaris, padre e hijo, se habían instalado en la posada más distinguida de Kalaman, conocida como El Faro Inmóvil. Desde allí continuaban maniobrando para ejercer su influencia sobre el Consejo de la ciudad, apoyándose en sus vínculos con la alta nobleza y en las prerrogativas que aún conservaban por su linaje. 

Yalme de Ergoth

 

Sin embargo, aquellos asuntos no eran sino una parte de las obligaciones que pesaban sobre los Verdescudo. La Mariscal Vendri tenía otros cometidos para ellos, misiones que exigían discreción, valor y la capacidad de actuar allí donde las fuerzas regulares de Kalaman no podían hacerlo con facilidad.

Y así comenzaron sus nuevas aventuras.

El primer encargo consistía en localizar a Tatiana Rookledust, una gnoma que llevaba décadas viviendo en Foscaterra. Las autoridades de Kalaman deseaban consultarla acerca de la misteriosa dracomotora y, si era posible, convencerla para que se incorporase a la ciudad como ingeniera y consejera.

No era una misión exenta de peligro. El hogar de la gnoma, situado al suroeste de Kalaman, estaba siendo atacado por goblins pertenecientes al Ejército de los Dragones. Cuando los Verdescudo llegaron al lugar, no tardaron en intervenir. El enfrentamiento fue breve, pero suficiente para dejar claro que el enemigo se aventuraba cada vez más cerca de las tierras que rodeaban Kalaman. Gracias a la intervención de los héroes, Tatiana pudo ponerse a salvo y no tardó en aceptar la invitación para acompañarlos a la ciudad.

La gnoma les explicó el verdadero origen de la dracomotora. En realidad, aquella máquina había sido concebida como una desbrozadora destinada a limpiar los campos de malas hierbas. Había sido su comprador quien le había solicitado que le diera apariencia de dragón, sin que ella imaginase las consecuencias que semejante encargo podría acarrear.


 

Los héroes, conscientes del temor que la máquina podía inspirar entre los refugiados de Vogler, aconsejaron a Tatiana que no revelase semejante detalle a nadie en Kalaman y, muy especialmente, que guardase silencio ante los habitantes del campamento.

La gnoma accedió a acompañarlos y, una vez en la ciudad, comenzó a prestar sus servicios como consejera. Los Verdescudo se encargaron de presentársela a Than, facilitando así su incorporación a los esfuerzos defensivos de Kalaman.

Pero Tatiana no llegó con las manos vacías. Puso a disposición de la ciudad su más reciente invento: el charlalejos, una ingeniosa creación que prometía resultar de gran utilidad en aquellos días en los que la comunicación entre los distintos puestos y autoridades podía marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

En sus constantes viajes por los caminos de la región, los héroes habían observado también un fenómeno inquietante. Bandidos, mercenarios y hombres de armas de dudosa reputación se desplazaban de un lugar a otro, buscando fortuna y oportunidades en aquella guerra que, aunque todavía no había alcanzado todas las tierras de Ansalon, ya comenzaba a atraer a quienes deseaban enriquecerse a costa del sufrimiento ajeno.

La siguiente tarea encomendada a los Verdescudo tenía un cariz mucho más sombrío. Dos batidores enviados para vigilar los movimientos del Ejército de los Dragones en las inmediaciones de Vogler habían desaparecido. Llevaban varios días sin establecer contacto con Kalaman, y su silencio comenzaba a despertar los peores temores. Los héroes partieron hacia el oeste y cruzaron el río por un lugar apartado, procurando mantenerse tan lejos del pueblo como les fue posible. Su destino era una arboleda de abedules grises, donde los exploradores habían establecido su campamento.

Durante el trayecto se encontraron con Ser Donald Uth Kalyn, caballero de Solamnia que había jurado ante la Piedra Blanca acudir al este para investigar los rumores de guerra. El caballero compartió con ellos sus impresiones sobre la situación y les habló de otro de sus hermanos de orden, Durstan Rial, de Maelgoth, quien también se encontraba por la región de Kalaman y quizá pudiera prestarles ayuda.

Viejo conocido y admirador de Frederick el Recto, Ser Donald no dudó en reconocer en Valeria las cualidades que, a su juicio, distinguían a los verdaderos caballeros de Solamnia. Allí mismo, movido por la convicción que le inspiraba la mujer, la nombró Caballero de la Corona. Aquel reconocimiento, pronunciado lejos de los salones de la nobleza y en una tierra amenazada por la guerra, suponía un momento de especial significado para Valeria. Pero no había tiempo para celebraciones...

Al alcanzar la arboleda, los Verdescudo descubrieron que sus temores estaban justificados. Uno de los batidores yacía muerto. El otro, malherido y sometido a crueles tormentos, se encontraba en manos del bajomaestre Gholcag, el mismo ogro del que los héroes habían logrado escapar durante los acontecimientos de Vogler. El ogro no estaba solo. Varios draconianos lo acompañaban, y otros aguardaban ocultos entre los árboles, dispuestos a caer sobre cualquiera que se aproximase al campamento.


 

El combate estalló con una violencia terrible.

Los aceros chocaron bajo las ramas desnudas de los abedules, mientras las criaturas draconianas se lanzaban contra los intrusos con garras, armas y una ferocidad que poco tenía de humana. Gholcag, cuya fuerza bastaba para hacer temblar a un guerrero experimentado, volvió a demostrar por qué se había ganado una reputación tan temible.

Pero los Verdescudo no eran ya los aventureros que habían partido de Vogler semanas atrás. Habían combatido juntos, sufrido juntos y aprendido a confiar los unos en los otros. Cada golpe encontraba su respuesta; cada brecha en sus defensas era cubierta por un compañero.

Incluso cuando uno de los draconianos kapak, escurridizo y astuto, trató de escapar para dar la voz de alarma, los héroes lograron frustrar su huida. No permitirían que el enemigo conociese sus movimientos antes de que pudieran regresar a Kalaman con la información obtenida.

Una vez concluido el enfrentamiento, los aventureros atendieron al batidor superviviente y consiguieron salvarle la vida. Cuando estuvo en condiciones de hablar, este les reveló noticias de enorme gravedad.

El Ejército de los Dragones había dividido sus fuerzas para lanzar ataques contra diversas comunidades de Trasterra y Foscaterra. No se trataba de simples incursiones destinadas al saqueo, sino de una estrategia calculada para debilitar toda la región.

Según había podido averiguar, el propósito del enemigo era aislar Kalaman de las ciudades solámnicas situadas al oeste, entre ellas Maelgoth y Palanthas. Si lograban cortar las comunicaciones y someter las comunidades intermedias, la ciudad quedaría cada vez más sola, privada de posibles refuerzos y obligada a afrontar la amenaza con sus propios recursos.

El batidor insistió en que debía ser él mismo quien comunicase aquellas noticias al Consejo de Kalaman. Los héroes accedieron a llevarlo consigo y emprendieron el camino de regreso.

No obstante, la jornada aún les reservaba un encuentro inesperado.

En el camino se toparon con un reducido grupo de soldados pertenecientes al Regimiento Acorazado. Apenas una docena de hombres seguían con vida: los últimos supervivientes de una fuerza que había contado con más de seis docenas de efectivos.

Tras la derrota sufrida en Vogler y una huida en la que habían salvado la vida por muy poco, los soldados habían seguido una ruta tortuosa, evitando los caminos principales para esquivar las patrullas enemigas y alcanzar Kalaman.

Entre ellos se encontraba Garrote, que recibió a los héroes con evidente alegría. Deseaba descansar después de tantas penurias y encontrar un empleo en la ciudad, quizá con el respaldo de los Verdescudo.


 

La necesidad de soldados era acuciante, y las autoridades de Kalaman no podían permitirse el lujo de rechazar a quienes todavía estaban dispuestos a luchar. Garrote y los escasos supervivientes del Regimiento Acorazado fueron, por tanto, recibidos en las filas de las fuerzas defensoras de la ciudad.

La tercera misión llevó a los Verdescudo hacia el este de Kalaman.

Habían llegado rumores de que grupos de draconianos estaban atacando a los viajeros que se aventuraban por los caminos que conducían a Estwilde. Aquellas incursiones no parecían fortuitas: el enemigo estaba cerrando progresivamente las rutas orientales y dificultando el tránsito de personas, mercancías y provisiones. Las pesquisas señalaron una importante finca agrícola, situada a unos veintisiete kilómetros al este de la ciudad, que había caído en manos de las fuerzas enemigas.

Los héroes se dirigieron allí sin demora.

Al llegar, descubrieron que la propiedad se había convertido en una posición militar. La ocupaban oficiales humanos del Ejército de los Dragones, acompañados de draconianos y hobgoblins. Desde aquel lugar podían hostigar a los viajeros, controlar los caminos y amenazar el abastecimiento de Kalaman.

Los Verdescudo prepararon una emboscada y se lanzaron sobre los ocupantes.

La lucha fue cruenta. Los defensores respondieron con fiereza, decididos a conservar aquella posición, y durante un tiempo el resultado pareció incierto. Sin embargo, la disciplina y la determinación de los héroes terminaron inclinando la balanza del lado de la luz.

Cuando el combate concluyó, registraron la base enemiga. Entre sus pertenencias encontraron provisiones, pertrechos y varias armas mágicas que, tras examinar su naturaleza y utilidad, se repartieron entre ellos.

Habían arrebatado al enemigo una posición estratégica, pero la victoria también les permitió comprender mejor la amplitud de la amenaza que se cernía sobre Kalaman. Los caminos ya no eran seguros. Las comunidades rurales estaban expuestas. Y, mientras los defensores de la ciudad trataban de organizar sus fuerzas, el Ejército de los Dragones extendía sus tentáculos por las tierras circundantes.


 

De regreso a la ciudad, a escasos kilómetros de esta, se toparon con una pareja de draconianos con un prisionero, un clérigo de Mishakal. Rescataron sin problemas al sacerdote y reclutaron así más fuerzas para la ciudad.

Juntando todo lo sucedido en Vogler, unido a lo obtenido estas últimas semanas más lo confesado por algún prisionero hecho, inclusive con ayuda de Wyhan que escrutó el alma del prisionero, obtuvieron en claro lo siguiente sobre esta amenaza emergente:

Eran mucho más que una simple banda de asaltantes motivados por la codicia. Según habían podido averiguar, las fuerzas presentes en la región apenas constituían una fracción del Ejército del Dragón Rojo: menos de la mitad de sus efectivos. Otras seis décimas partes se encontraban al sur del continente, ocupadas en una empresa desconocida. Y lo que era aún peor, la suma de ambos ejércitos no representaba sino una de las cinco grandes huestes que conformaban el poder militar de la Reina de los Dragones.

Poseían una estructura marcial propia y bien definida. Soldados rasos, cabos y sargentos constituían la base de sus filas; por encima se encontraban los bajomaestres, equivalentes a capitanes o tenientes, y después los altomaestres, generales o subcomandantes que, además de autoridad militar, podían ejercer un considerable poder religioso. En la cúspide se hallaba el comandante supremo, el temido Lord de los Dragones. Sus soldados vestían armaduras negras, adornadas con filigranas rojas y el símbolo de Takhisis, la Reina de los Dragones. Eran piezas costosas y de excelente factura.

Contaban también con criaturas bípedas de rasgos dracónicos, a las que los soldados llamaban draconianos. Seres terribles que, incluso después de muertos, podían seguir siendo una amenaza.

La altamaestre Kansaldi Ojos de Fuego dirigía el Ejército del Dragón Rojo. Sus soldados la temían y aseguraban que era capaz de percibir las mentiras. Había asumido el mando en sustitución de alguien de rango superior y se apoyaba en dos consejeros: un nigromante de túnica negra cuyo nombre aún desconocían y un clérigo de Takhisis llamado Belephaion.

Al no disponer de todas sus fuerzas, Kansaldi había comenzado a reclutar bandidos y mercenarios de la región, atraídos por las generosas pagas del ejército. Pero el peligro no terminaba ahí. Criaturas malignas que hasta entonces habían actuado de manera dispersa comenzaban a unirse bajo sus estandartes: ogros, trolls, goblins y otros seres de semejante calaña.

Según los rumores, algunos draconianos podían lanzar conjuros, dominar las mentes ajenas, adoptar la apariencia de los enemigos a los que daban muerte e incluso perpetrar horrores aún peores.

Además, el Ejército de los Dragones empleaba guivernos y dragonnels como monturas voladoras, criaturas salvajes emparentadas con los dragones, aunque de menor tamaño.

En definitiva, todos cuantos componían aquel ejército servían a la Reina de los Dragones con una devoción que rozaba el fanatismo. No conocían el temor ni parecían albergar dudas sobre su causa. Y eso los convertía en los peores enemigos posibles: fanáticos dispuestos a morir por su diosa.

La situación era crítica. Sin embargo, pese a rodear Kalaman, el Ejército de los Dragones aún no se decidía a lanzar el asalto definitivo. ¿Qué aguardaba Kansaldi? ¿Qué oscuros designios urdían sus consejeros?

Mientras aquellas preguntas seguían sin respuesta, la Mariscal Vendri encomendó a los héroes una nueva misión. Una tarea difícil, más peligrosa que cualquiera de las anteriores y cuyo desenlace podía resultar decisivo para el destino de Kalaman...

... ... ...

EPÍLOGO I:

Fray Pertival vagó sin rumbo aparente por las calles de Kalaman, el Faro del Este, cuyos esplendores contemplaba con ojos de fingida curiosidad. Cerca de los puertos se internó en un callejón estrecho, húmedo y sumido en las sombras. Allí, el aire crepitó con energía arcana cuando el clérigo recuperó su verdadera forma: un draconiano delgado, sin alas y cubierto de escamas doradas.

Se inclinó sobre un charco de agua estancada y murmuró un conjuro en la antigua lengua dracónica. La superficie tembló y mostró el rostro de un mago de negra túnica, cuyo cuello lucía un pentáculo con una cabeza de rata en su centro.

—Dime, Perzt-Nay, ¿estás dentro?

—Han mordido el anzuelo, mi señor. Estoy dentro.

—Ya sabes lo que debes hacer, Perzt-Nay.

La conexión se desvaneció. Una vez más, el aire vibró con un chisporroteo de magia, y la figura del draconiano menguó y se transformó. En su lugar quedó un muchacho humano de unos diez años, desharrapado y con el aspecto famélico de un huérfano de los puertos.

Sin mirar atrás, salió del callejón. Tenía trabajo que hacer...

 


EPÍLOGO II:

Bajo cielos teñidos de sombras, donde ruge el acero y la magia oscura reclama su poder, la Compañía Verdescudo alza sus armas sin temor. Frente a las huestes draconianas, su valor será la llama que ni la noche podrá vencer.

Entre garras y escamas, los draconianos avanzan, mas los héroes de Verdescudo no se quiebran ni se amilanan. Relámpagos negros rasgan el cielo, y hechizos malditos cubren la tierra de hielo. Pero ni el terror ni la muerte detendrán su acero, pues late en sus pechos el juramento de Ispin, su compañero.

Las cadenas se rompen, las tinieblas retroceden, y las voces de los cautivos de nuevo se atreven. Donde reinaba el miedo, vuelve a alzarse la esperanza; donde el mal sembró silencio, resuena la venganza.

¡Alzad vuestras copas, cantad con fervor, que los Verdescudo combaten con hierro y honor! Que tiemblen los siervos de la Reina Oscura al escuchar su canción: ¡pues mientras quede un alma libre, jamás caerá Ansalon!

Séptimo Cantar de la Compañía Verdescudo.

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Se avecinan tiempo oscuros para Kalaman, nuestros héroes han hecho todo lo posible, pero los acontecimientos comienzan a suceder en cascada. ¿Qué será lo próximo que amenace la ciudad y su paz?

Y como es costumbre a continuación las fichas de los personajes en el estado actual tras la misión rolatada:

Héroes de la Saga Verdescudo V.5.0

 

Marcados saludos.-

jueves, 24 de septiembre de 2026

Cuando arde el hogar 2

 


Buenas,

Seguimos con la campaña de Dragonlance Quinta “La Sombra de la Reina de los Dragones”. Esta vez el rolato lo hace Óscar desde el punto de vista de Vóskar un bardo kender de Vogler.

Alerta SPOILER: si vas a jugar esta campaña, no lo leas, te la vas a reventar entera, pese a que hay algunos cambios que he metido... lo dicho, mejor no la leas...

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PRÓLOGO:

«Cuando los reyes alzan la espada, son los humildes quienes ponen el cuello.»

Astinus de Palanthas.

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PRIMERA GESTA: LA BALADA DE VOGLER

Sangre, Acero y Cenizas

Por Vóskar Lengua Hiriente
Bardo kender de estas tierras olvidadas por los dioses
y recordadas por quien se lleva las cosas sin preguntar.

¡Escuchad, hijos de Ansalon, y los que no sois de nadie
porque vuestra madre tuvo un desliz con un mercenario de paso!
Dejad el vino, tapad la boca y atended al laúd,
que lo que vi en Vogler no fue pelea de borrachos en el vaso.

Fue el crujido de una Era de Oscuridad
abriéndose las bragas con prisa y sin pudor.
Mi lengua es afilada, sí; también corta de vergüenza.
Al recitar esta gesta me vuelve a la boca el sabor

a sangre, a humo y a ese olor a culo sudado
que deja un ejército cuando echa a correr.
Escuchad, escuchad, almas que aún no sois estatua,
ceniza ni rumor de taberna mal contado.

Soy Vóskar Lengua Hiriente, bardo de esta villa
que se empeña en vivir a pesar de sí misma
—y a pesar de sus héroes, que es más difícil—.
Vengo a contaros cómo un puñado de locos

—y uso «locos» con la seriedad con que un gnomo
dice «plan sencillo» y no se le cae la cara—
decidieron que el destino de Vogler merecía
su particular teatro de hostias y de llama.


 

I · El tiro de la catapulta

Empezaron, como siempre, con junta de osados.
La paladina Valeria y el druida Stromwood,
esos dos que se miran como si el mundo entero
dependiera de un colgante y de no saltarse el uno al otro

encima de la mesa, fueron a ver al inventor gnomo.
No a pedirle algo útil, no. A que «ajustara el tiro
de la catapulta». Porque nada grita «estrategia»
como lanzar a dos adultos armados por el aire

y rezar para que no se vuelvan mancha en el muro.
Utilizando los «Infames notestampes», decían.
Yo habría puesto un cartel: «Aterrizad de pie, por favor.
El pueblo no tiene presupuesto para funerales dobles

ni trapos para recoger sesos». El mago elfo Elesseryn
hizo lo que mejor se le da a un elfo cuando huele a lío:
subirse a lo más alto, cruzarse de brazos y mirar
como si el barro le fuera a manchar la dignidad.

«Apoyaré con hechizos de fuego de combate», anunció,
que es la forma elegante de decir «yo tiro bolas
y si a alguien se le quema el culo, fue el viento,
fue Paladine, fue lo que sea menos yo».

II · El enano y la gravedad

Mientras tanto, el enano bribón Brottor y la bárbara Rayna
decidieron que escalar en silencio era idea excelente.
Rayna trepó como si la ladera le debiera dinero
y además le hubiera tocado el culo en la taberna.

Brottor insistió. Varias veces. El pobre no nació para trepar;
nació para quejarse a media altura, sudar por sitios
que no quiero imaginar y enseñar al grupo
qué es «paciencia» y «por los cojones, enano, sube».

Al final la bárbara plantó batalla arriba
y el enano siguió negociando con la gravedad.
Un clasicazo. Si hay un dios de las caídas de culo,
aquella noche le encendieron velas de verdad.

III · Sangre, oso y prisionero

Cruzaron los cielos —Valeria y Stromwood, se entiende,
no el enano, que a esas alturas discutía con una piedra—.
Se miraron, se tocaron los colgantes y pidieron
protección a Paladine y a Chislev. Muy tierno. Muy épico.

Muy «si esto sale mal, al menos morimos con estilo
y con joyería religiosa colgando entre las tetas
y el pecho peludo». Aterrizaron. La paladina de Solamnia
desenvainó sus aceros como si el honor pesara menos

que el acero y el acero menos que las ganas de partir cabezas.
Stromwood, por supuesto, se convirtió en un oso pardo enorme.
Porque cuando uno es druida y la cosa se pone seria,
lo más razonable es dejar de hablar, enseñar el culo peludo

al enemigo y empezar a rugir. El combate fue una puta bestialidad.
Ganaron. Incluso hicieron un prisionero, que es la forma educada
de decir que alguien sobrevivió lo bastante para hablar
antes de mearse encima. El preso desveló planes de ataque.

Sorpresa: el enemigo pensaba atacar. Quién lo habría imaginado.
Menos mal que tenemos héroes para enterarse de lo que
un ciego borracho habría olido a media legua. Luego la bárbara,
el enano y el oso —perdón, el druida; a veces se me olvida

cuál de las dos bestias paga la ronda— fueron a buscar
al último vigía, el enlace con el ejército enemigo.
Lo encontraron. Lo despacharon. Rápido y mortal.
Sin discurso, sin poesía, sin que Brottor se cayera de culo.

Un milagro menor. Casi me da pena: un kender vive para el espectáculo,
y aquellos tres fueron y lo resolvieron como quien mata
una gallina detrás del gallinero. Volvieron al pueblo.
La campana repiqueteó. La gente se reunió en la plaza,

que es lo que hacemos aquí cuando no sabemos si huir,
rezar o fingir que no hemos oído las campanas
y que el fin del mundo es cosa del vecino.

IV · La plaza, el plan y el río

La mercenaria enana Garrote y su antigua compañera,
la caballero, caballera o caballa de Solamnia Becklin Uth Viharin
—sí, otra más; parece que Solamnia produce mujeres acorazadas
con un par de huevos más gordos que alguna que otra

contrapartida masculina que me crucé en el pasado—
tenían un plan. Valeria, curiosa como kender
con las manos en los bolsillos ajenos, fue a preguntar.
Resultado: una caja. Dentro, una armadura para el escudero.

Porque nada anima más a un muchacho que enterarse
de que le van a vestir de metal justo cuando el cielo
se pone interesante y las probabilidades de cagarla se disparan.
La alcaldesa, con esa calma de quien ya ha visto demasiado

y le importa un carajo el decoro, informó de que el ejército
venía y que no se podría defender el pueblo.
Pánico. Revuelo. Gritos. El clásico. Gente que de pronto
recuerda que tiene dioses, deudas y una suegra

a la que no quiere dejar atrás. Entonces intervino Brottor
—o Broton, o Brotton; el nombre del enano cambia
según quién cuente la historia y cuánto haya bebido,
y a mí me da igual mientras no se me caiga otra vez de una pared—.

Habló. El pueblo se calmó. Milagro mayor.
Resulta que el enano que no sabe trepar sí sabe hablar
cuando hace falta. Evacuación por el río. Esperanza
con sabor a barro, a miedo y a «ojalá el río no esté ocupado también,

porque si nos tenemos que ir a nado con la ropa interior
llena de cagada, esto ya deja de ser gesta y pasa a ser chiste».
Becklin, Garrote y Jeyev explicaron la estrategia:
no era un plan para ganar. No era un plan para sobrevivir.

Era un plan para dar tiempo a la gente de Vogler a escapar.
Los tres viejos guerreros se despidieron y desaparecieron al galope.
Muy dramático. Muy «nosotros nos vamos a morir con estilo,
vosotros entretened al ejército un rato y si podéis

no os meéis encima delante de los críos».
Les habría robado un pañuelo de despedida,
pero iban demasiado rápido y, para variar,
yo tenía las manos ocupadas con el laúd.

V · La bestia, la piedra y el fuego

Cayó la noche. Otra vez las campanas.
Un campesino —bendito sea el mensajero que siempre llega tarde,
asustado y con la cara del color de la leche agriada—
avisó de que el gran ejército estaba cerca.

Dos mercenarios de Garrote volvieron.
La mercenaria apenas tuvo tiempo de gritar «¡ya están aquí!»
cuando una bestia alada decidió que ella era el aperitivo.
Valeria y Stromwood se interpusieron. Brottor disparó desde lejos,

que es su zona de confort y, seamos honestos,
la única distancia a la que no se le ve el culo cuando corre.
La bestia murió. Pero, por supuesto, no sin dejar un detalle encantador:
un veneno que convirtió a Stromwood-oso en estatua de piedra.

Temporalmente, dicen. «Temporalmente». Como el pánico.
Como la paz. Como la idea de que Vogler tendría una noche tranquila.
Como la virginidad de medio pueblo después de la última feria.
La gente intentó huir. El cielo se llenó de draconianos

planeando y vomitando fuego, que es una forma muy poco elegante
de decir que te cagan llamas encima. Los héroes plantaron cara otra vez.
Combate épico contra reptilianos. Escamas, sangre, gritos,
y el elfo por fin haciendo algo más que posar contra el horizonte.

VI · Tres armaduras negras y un dragón de verdad

Cuando parecía que había un respiro, Stromwood
—aún con instintos de oso, o quizá por fin usando
el cerebro animal que a veces le falta en forma humana—
olió lo que nadie quería oler. Y no hablo del enano.

Tres figuras. Tres caballeros. Tres armaduras negras.
Antiguas armaduras solámnicas. El tipo de detalle que hace
que uno se pregunte si los dioses tienen sentido del humor,
mala memoria, o simplemente se pajean viendo cómo

los mortales se matan con las reliquias de sus abuelos.
Y entonces… el sonido. Rozaduras metálicas.
Un rugido que heló la sangre hasta de los que ya no tenían mucha,
y hasta de los que la tenían caliente por otras razones.

Una máquina con forma de dragón, colosal,
obra de esa ingeniería gnoma que nunca, jamás,
se queda en «pequeño y discreto». Si un gnomo te dice
«es solo un prototipo», empieza a rezar o empieza a correr;

las dos cosas a la vez si te da el cuerpo.
Y por si el espectáculo no era suficiente,
un demonio rojo surcaba el cielo. Un dragón. De verdad.
No de feria. No de cuento para críos.

De esos que te asan, te cagan y después se limpian
los dientes con tu torre. Porque si los dioses han vuelto,
¿por qué no iban a volver también las criaturas
que los dioses usaban para recordar a los mortales

lo pequeños que somos y lo poco que importa
que te hayas puesto el calzón limpio?

VII · Coda del bardo

Así que aquí estamos, vecinos.
Los héroes han hecho lo que saben hacer:
lanzarse como sacos de carne, trepar a duras penas,
convertirse en osos, rezar a colgantes,

sobrevivir a venenos petrificantes
y mirar al cielo cuando el cielo decide devolverles la mirada
y, de paso, un poco de fuego por el culo.

Yo, Vóskar Lengua Hiriente, seguiré cantando.
Con ironía, con sarcasmo, con las manos
en los bolsillos equivocados y con la extraña certeza
de que, si Vogler sigue en pie mañana,

no será porque el plan fuera bueno.
Será porque estos locos se negaron
a dejar que el final fuera aburrido.
Y si alguien se ofende: que me robe el laúd.

Veremos quién canta después.

Fin de la gesta — por ahora.


 

SEGUNDA GESTA: LA BALADA DE VOGLER

Humo, Lanza y Murallas

Por Vóskar Lengua Hiriente
bardo kender de un pueblo que ya no tiene plaza
y que, aun así, insiste en que le canten

¡Otra vez, hijos de Ansalon! Ya sé que os dije «por ahora».
Los bardos mentimos. Es el oficio. Como el de héroe,
solo que nosotros sobrevivimos más a menudo
y olemos mejor… según el día y según el vino.

Dije que si Vogler seguía en pie no sería por el plan.
Acerté a medias. El pueblo no sigue en pie.
Sigue en barcas. Que no es lo mismo,
aunque a un kender le baste con que el suelo se mueva
para llamarlo aventura y no desahucio.

Atended otra vez al laúd.
Esta gesta huele a río, a humo y a acero roto.
Y a esa cosa que se queda en la boca
cuando uno ve morir a alguien
y no puede hacer más que remar.

VIII · El Dragón que no lo era

La máquina gnoma avanzó como avanzan las malas ideas:
ruidosa, cara y convencida de ser un dragón.
Cuatro draconianos la escoltaban,
que es la forma militar de decir
«alguien tiene que empujar el juguete
y si explota, que explote lejos del inventor».

Los héroes se lanzaron. Otra vez.
Porque aprender no está en el contrato
y el contrato, si existiera, lo habría firmado Brottor
con el nombre mal escrito y una mancha de cerveza.

La lucha fue dura. De las que dejan
el aire espeso y las cuentas pendientes.
Se entendió al fin lo que ya olíamos:
no era dragón. Era ingeniería.
Un gnomo había mirado al cielo,
había visto una leyenda
y había dicho «yo también, pero con palancas».


 

IX · El oso y el río

Stromwood —el oso, el hombre, el problema de identidad
con más pelo de Ansalon— se plantó
delante del chorro de fuego
para que los últimos pescadores acabaran de huir
sin convertirse en sardina a la llama.

Cayó. Malherido. Como caen los que se creen árboles
y descubren que el bosque también arde.
Muy heroico. Muy «después me lamo las quemaduras».
Muy «si sobrevivo, que alguien me recuerde
que los osos no son cortafuegos».

Brottor y Elesseryn se quedaron de piedra.
Otra vez. «Momentáneamente», otra vez.
Empiezo a pensar que a este grupo le sienta
la petrificación como a otros el vino:
mal, pero con una puntualidad ofensiva.

Quedaron las dos: Valeria y Rayna.
La paladina y la bárbara.
Honor y hacha. Acero y mala leche.
Parando una locomotora con forma de lagarto
mientras el resto del mundo hacía de estatua
o de leña. Si hay un dios de las malas parejas de baile,
aquella noche les reservó la pista entera.

Llegó un ogro oficial con más escamas de refuerzo.
Saludó con la mano desde la orilla
—educado el cabrón—
mientras el último barco zafaba
entre fuego, llama y la certeza
de que «adiós» a veces se dice
sin abrir la boca y con el culo a merced del viento.

X · El último esquife

Se partió el grupo como se parte el pan en las hambrunas:
sin justicia y con prisa.
En un barco: Umi, Brottor, Darret y Stromwood
—el oso ya no rugía; apenas respiraba,
que es un descenso de categoría, pero sigue siendo vida—.

En el último esquife: Valeria, Rayna, Elesseryn,
la alcaldesa Raven —esa mujer a la que el decoro
le importa lo que a mí un inventario ajeno—
y Jeyev, o Yebef, o como lo llame el que cobre,
que llegó el último con el yelmo de Becklin bajo el brazo
como quien carga una reliquia
y una sentencia a la vez.

Dos pescadores remaban.
El río olía a humo, a miedo
y a esa cosa que hacen los pueblos
cuando dejan de ser pueblo
y empiezan a ser rumor de taberna
bien contado, por una vez.

XI · Lo que se ve desde el agua

Mientras las barcas se iban,
Vogler ardía con esa belleza indecente
que tienen los desastres cuando ya no puedes
hacer nada útil con las manos.

Garrote, Becklin y un puñado de mercenarios
segaban draconianos a diestra y siniestra,
llegando a los muelles como quien llega tarde
a su propio funeral y aun así discute
el asiento y el vino de la ofrenda.

El humo hizo la escena onírica.
De esas que un kender contaría con gusto
si no le temblara el laúd.
Garrote se perdió entre las brumas.
Una enana no debería poder desaparecer así,
pero la guerra tiene manías de prestidigitador:
ahora la ves, ahora es ceniza,
ahora es una deuda que nadie va a cobrar.


 

Becklin se quedó.
Por supuesto que se quedó.
Las de Solamnia no aprenden a irse.
Es su maldición y su lujo.
Se erigió como un bastión
frente a la marea de escamas.
Su acero, viejo y certero,
hacía el trabajo de décadas
en el tiempo que tarda un kender
en meter la mano donde no debe.
Al norte, la silueta del dragón de verdad
—no el de palancas, el otro, el que te usa
la torre de palillo— seguía sobrevolando
como quien revisa la cuenta
antes de prender el local.
Y cerca de los muelles el aire se puso pesado.
De esos pesos que no se miden en piedra
sino en ganas de no mirar.

XII · Ojo de gemas, lanza de bandera

Las huestes se apartaron.
No por piedad. Por miedo con uniforme.
Una presencia de puro acero y malicia
se abrió paso en la refriega
como se abre paso un impuesto:
sin pedir permiso y pisando lo sagrado.

Era una mujer de porte imponente.
Cabello blanco de ceniza, corto,
peinado hacia atrás como una amenaza
que ha aprendido a peinarse sola.
El flanco derecho del rostro:
una cicatriz de quemadura, rugosa,
mapa de todas las guerras
que los dioses no se dignaron a firmar.

Pero lo que hiela no es la herida.
Es la mirada.
En la cuenca izquierda, una gema
humeaba con fulgor carmesí.
Un ojo que no llora.
Un ojo que cobra.
Un fuego que mira y te deja
la sensación de haber sido inventariado.

Kansaldi Ojos de Fuego.
Nombre de pesadilla y de parte de guerra.
Avanzó empuñando una lanza
cuya bandera roja restallaba
como una herida que se niega a cerrar.
Los draconianos trazaron un corredor
directo hacia Becklin.
Muy teatral. Muy «ahora mirad, mortales,
cómo se acaba una época con un palo».

Becklin lanzó la estocada.
La última. La de las que se cuentan
aunque salgan mal.
Un arco de acero desesperado,
hermoso y tarde.
Kansaldi se movió como se mueve
lo que no debería ser tan rápido
dentro de tanto hierro.

Esquivó. Hundió la lanza.
El sonido del metal rompiendo metal
—y después carne—
llegó hasta las barcas.
La punta asomó por la espalda de Becklin,
bañada, puntual, profesional.
Como si el oficio de matar caballeras
tuviera también su gremio y su tarifa.

Luego —y esto es lo que no se le perdona
ni a un dragón ni a un dios—
Kansaldi alzó el cuerpo
por encima de las cabezas.
Un instante de agonía suspendida.
Ofenda o chiste, según quién mire.
Y clavó el asta en la tierra
con una violencia que hizo callar al río.

Becklin Uth Viharin
quedó empalada.
Un monumento inerte
bajo un cielo que no merecía
tanto honor ni tanta sangre.
Caballero, caballera, caballa de Solamnia:
elige el nombre. El acero ya eligió el sitio.

Desde el río el horror
nos agarró la garganta con las dos manos.
Solo se podía observar.
Kansaldi clavó su gema en nosotros
y lanzó un rugido gutural,
un grito de triunfo que ahogó las olas
y hasta el chiste que se me estaba ocurriendo.
La bandera roja reclamó Vogler
como se reclama un vaso sucio:
sin poesía y con derecho de conquista.

Vogler está perdido.
Escribo la frase y me sabe a cobre.
Un kender no debería decir
que un sitio se ha acabado.
Los sitios, para nosotros, son sitios
de los que uno se lleva algo.
Esta vez el pueblo se llevó a su gente
y nos dejó el humo.

XIII · Río abajo

Navegamos la noche y parte de la mañana.
Cansados. Tristes. Alicaídos.
Palabras pequeñas para una cosa grande.
Nadie cantaba. Ni yo.
Y cuando un kender cierra la boca
es que el mundo ha hecho bien su trabajo.

En la orilla sur, Kalaman:
murallas grises, estatuas de guerreros
que no se enteraron de nada
y por eso posan tan bien.
Ciudad de piedra que mira al río
como se mira a un pariente pobre
cuando todavía no ha pedido sitio a la mesa.

A tres leguas justas —o tres kilómetros,
que el miedo no mide con precisión de gnomo—
alzamos un campamento de refugiados.
Lona, barro, tos y la extraña dignidad
de quien aún tiene un cazo
y lo comparte.

Los héroes ayudaron a establecerse.
Sorpresa: también saben clavar estacas
y no solo clavarse ellos.
Valeria organizaba. Rayna cargaba.
El elfo intentaba no mancharse.
Stromwood respiraba, que no es poco.
Brottor no se cayó al río.
Otro milagro menor. Voy a llevar la cuenta.

Faltaban Bakaris padre e hijo.
Habían ido a la ciudad.
«Habían ido a la ciudad»
es una frase que en boca de un noble
suele significar
«hemos llegado antes
a contar la historia
y a sentarnos donde se firman las cosas».


 

XIV · Los buitres de Kalaman

Raven mandó a los locos
como emisarios de un pueblo
que ya no tiene plaza.
Entraron en el castillo.
Por una vez nadie los lanzó con catapulta.
Progreso.

Allí estaban los Bakaris,
usando el apellido como llave
y la desgracia ajena como mantel.
Explicaban, muy serios, al Consejo
que ellos habían salvado a Vogler.
Ellos.

Los que no estaban
cuando el oso se puso delante del fuego,
cuando las dos mujeres pararon la máquina,
cuando Becklin se quedó
para que el resto pudiera dejar de ser vecinos
y empezar a ser supervivientes.

Los héroes interrumpieron la sarta.
Por una vez el espectáculo merecía la entrada.
Dejaron a Bakaris en evidencia
como se deja un cubierto sucio en medio de la mesa:
imposible de ignorar
y difícil de perdonar
si uno tiene algo parecido a una cara.

El Consejo —esa especie de hidra
que habla despacio y firma rápido—
accedió a ayudar a los refugiados
a cambio de que los locos
se metieran en el ejército de Kalaman
como «agentes especiales».

Que es la forma elegante de decir
«os vamos a usar,
y si salís vivos os daremos palmaditas,
y si no, ya tenemos estatuas de sobra
para copiaros el gesto».

Uno a uno, los Verdescudo juraron.
No del todo por Kalaman.
Por mantener viva una cosa
que se parece a la esperanza
si no te acercas demasiado
y no le preguntas el apellido.
Juraron para que la gente de Vogler
tuviera todavía un sitio al que mirar
que no fuera el humo.

XV · Coda del bardo, otra vez

Así que aquí estamos, vecinos.
O lo que queda de vecinos.
Vogler arde a nuestras espaldas.
Becklin no se va a levantar
por mucho que un bardo afine.
Garrote se la tragó la bruma.
Stromwood respira.
Y Kalaman nos mira de reojo,
calculando si merecemos el pan
o solo el sitio junto a la tapia.

Los héroes han hecho lo que saben hacer:
pararse delante del fuego,
quedarse de piedra,
remar cuando ya no queda pueblo,
desmentir a un noble
y jurar cosas grandes
con la boca todavía llena de ceniza.

Yo, Vóskar Lengua Hiriente,
seguiré cantando.
Con el laúd un poco más desafinado,
con las manos todavía
en los bolsillos equivocados
y con la certeza —esta sí, sin ironía—
de que los locos no salvaron el pueblo.

Salvaron a la gente.
Que es más sucio, más lento
y mucho más difícil de rimar.

Y si alguien se ofende:
que me robe el yelmo esta vez.
Veremos quién lo llena.
Veremos quién canta después.

Fin de la segunda gesta — por ahora.

(Los bardos nunca aprendemos.)

... ... ...

EPÍLOGO:

Kansaldi volvió a leer una última vez la misiva destinada a su señor. Una sonrisa fría, casi imperceptible, se dibujó en sus labios. Con deliberada calma, enrolló el pergamino, lo introdujo en un tubo de cuero y vertió sobre el cierre la cera roja. Después presionó el sello de su autoridad, dejando marcada en él la insignia de la Reina de los Dragones.

Desde una de las pocas edificaciones que aún permanecían en pie —la antigua alcaldía de Vogler—, Kansaldi contempló el pueblo. O, más bien, lo que quedaba de él. Las casas yacían reducidas a escombros. Columnas de humo se elevaban todavía hacia el cielo gris, mezclándose con el olor de la madera quemada, la sangre y la muerte. Allí donde antes había voces, mercados y risas, ahora solo quedaban cenizas y silencio.

Vogler había caído. Y aquel era apenas el comienzo. Kansaldi volvió a pensar en las palabras que acababa de escribir.

A mi señor, Lord Verminaard:

Vogler ha caído. Aunque solo contamos con la mitad del ejército del Dragón Rojo —pues la otra mitad partió con vos hacia Abanasinia, en pos de esa vara de cristal azul de la que me hablasteis—, nuestros progresos han sido mayores de lo esperado. Kalaman se encuentra ahora a nuestro alcance. Y caerá, mi señor. Os doy mi palabra: Kalaman caerá.

Pero antes deberán caer otras comunidades. No podemos permitir que ninguna permanezca en pie a nuestras espaldas cuando llegue el momento de marchar sobre la ciudad. El nigromante de negra túnica y el sacerdote de nuestra Diosa han concebido un plan. Ambos me han convencido de que es el momento de ponerlo en marcha.

Partiremos en breve.

Os mantendré informado de cada avance, de cada victoria y de cada tierra que sea sometida a la voluntad de nuestra Reina. Ruego a la Oscura Señora que os haya guiado hasta el objeto que buscáis en las tierras del sur. Pues si habéis encontrado aquello por lo que emprendisteis vuestro viaje, pobre será la suerte de quien ose interponerse entre vos y vuestro propósito.

Que los enemigos de Takhisis conozcan el precio de desafiarla.

Vuestra subcomandante y fiel servidora de la Reina de los Dragones,

Kansaldi Ojos de Fuego

Guardó el pergamino bajo su capa. A lo lejos, más allá de las casas calcinadas, los estandartes del Dragón Rojo ondeaban al viento. Kansaldi volvió el rostro hacia el horizonte.

... ... ...

Los héroes del Verdescudo ya están en Kalaman y al servicio de la mariscal… pero esto no ha hecho nada más que empezar. Como es costumbre a continuación las fichas de los personajes en el estado que estén conforme acaban la aventura rolatada:

Héroes de la Saga Verdescudo V.4.0

 

Marcados saludos.-