Aventuras en la Marca del Este, un retroclón español de la caja básica de D&D.

El Clan del Lobo Gris, aventureros proscritos, los últimos de su clan.

Estas son las crónicas de nuestras aventuras, con este magnífico sistema.

sábado, 9 de mayo de 2026

Misterio en el Estero

 


Buenas,

Continuamos con los rolatos de la Segunda Edición del Anillo Único. En este caso el rolato de una aventura propia “Misterio en el Estero” que armé con información y tramas de “Ruinas del Reino Perdido” y tramas propias de la campaña.

El rolato lo he hecho yo mismo.

... ... ...

PRÓLOGO:

En Rivendel canta el viento antiguo,
entre hojas de oro y aguas de cristal;
la luz se posa como un susurro puro,
y el tiempo allí no osa marchitar.

Mas lejos, donde el río gime oscuro,
yace Tharbad, de piedra y herrumbre vil;
sus calles huelen a gloria en desuso,
a reyes muertos que no han de volver.

Uno es refugio de canto y memoria,
eco de estrellas, de paz inmortal;
el otro, tumba de vana victoria,
donde el alma aprende a naufragar.

Amrahel, trovador vagabundo de Dol Amroth.-

... ... ...

Tras largas dudas y encendidas discusiones, los Héroes de Bree se hallaban por fin en el camino. Los cinco compañeros cabalgaban junto a la mujer y el hijo de Jarno, rumbo a Rivendel, la Última Morada al este del mar.

Era el crepúsculo de junio, cuando el solsticio aún no había llegado y la luz del día agonizaba en un resplandor incierto. El sol, a sus espaldas, alargaba las sombras hasta convertirlas en figuras irreales que reptaban sobre el sendero. El Bosque de los Trolls, espeso y silencioso tanto al norte como al sur, devoraba la claridad y teñía el mundo de un fulgor mortecino, casi enfermizo.

Fue entonces cuando ocurrió.

Un crujido —apenas un susurro entre las hojas— quebró la calma. Y de pronto, la penumbra cobró forma. Los orcos irrumpieron desde ambos lados del camino, como si hubieran aguardado la llegada de los viajeros desde tiempos olvidados. Sus ojos amarillentos relucían con hambre y crueldad, y su hedor precedía a sus cuerpos deformes.

Instintivamente, todos rodearon el carro y retrocedieron apenas un paso. Mas los veteranos de incontables viajes y batallas no tardaron en abatir a los infames orcos, aunque estos les doblaban en número. El acero cantó bajo la última luz del día, y pronto el sendero quedó sembrado de cadáveres ennegrecidos.

Después de aquello, el viaje continuó hacia el valle encantado de Rivendel, cuyas historias habían escuchado desde la infancia. El clima era benigno y el Gran Camino del Este parecía ahora un sendero amable, lleno de vida al aproximarse a las montañas. Zorros curiosos asomaban entre los matorrales para contemplar el avance de la comitiva; las mañanas despertaban con el canto de pájaros invisibles, y por las noches los búhos custodiaban el campamento como silenciosos guardianes de un sueño demasiado frágil.

Al acercarse a las Montañas Nubladas desde las tierras de Eriador, hallaron por fin el difícil acceso al valle oculto. Guiados por Naelorin, atravesaron el páramo sin extraviarse y descendieron hasta Rivendel.


 

Aquel lugar, henchido de antiguas torres élficas, maravilló a cuantos no lo habían contemplado jamás. A lo lejos divisaron nuevamente el Bruinen y, esta vez, el puente élfico que lo cruzaba. Más allá se alzaba la Última Morada: la Casa de Elrond. Una vasta mansión de innumerables salones, pórticos abiertos sostenidos por columnas de piedra blanca, largos corredores y aposentos dedicados a incontables saberes y artes. Las cataratas y el murmullo eterno del río otorgaban al hogar del medio elfo una música propia, tan hermosa que a los viajeros les pareció hallarse dentro de un sueño.

Los elfos les dieron la bienvenida y acomodo. Les concedieron habitaciones dignas, baños calientes, ropas limpias y mesas colmadas de alimento.

Entre las gentes que vieron deambular por la Casa de Elrond reconocieron a la vieja Orothel, quien los saludó como a antiguos conocidos. También Naelorin les presentó al gran señor élfico Glorfindel, que les agradeció haber destruido aquello que ni él mismo había logrado abatir: Amon Guruthos. Les habló, además, de una canción compuesta en honor a su gesta, la cual sería interpretada aquella misma noche en la Sala del Fuego.

Antes de la cena fueron convocados por Elrond al Gran Salón. Allí se hallaban únicamente el señor de Rivendel, Erestor, sus hijos Elladan y Elrohir, y un par de silenciosos sirvientes. Estos les ofrecieron copas de vino élfico y delicados pastelillos de limón.

El concilio se prolongó durante algo más de una hora. Tras una agradable conversación, Jarno obtuvo para su familia el derecho a permanecer en Rivendel durante, al menos, un año. Sin embargo, Elrond le advirtió del peligro que suponía para un mortal habitar demasiado tiempo en aquel lugar suspendido entre los años y la memoria.

Asimismo, todos los compañeros ganaron para siempre la amistad y el mecenazgo de Elrond, así como refugio en Rivendel siempre que lo necesitaran.


 

Después de la cena, Orothel se acercó a ellos y les pidió que la acompañaran a caballo a la mañana siguiente, pues deseaba mostrarles todos los rincones del valle oculto.

Durante aquel paseo —atravesando arroyos cristalinos y cataratas de espuma blanca, mientras aves perezosas surcaban el cielo abrasado por el calor estival— recorrieron las vastas tierras de Rivendel. Y fue entonces cuando Orothel les hizo su petición.

Habían pasado ya dos años desde que los acompañara a las puertas de Tharbad y desde que, juntos, viajaran hacia el norte hasta caer en la emboscada de los orcos de Snava. Desde entonces no había vuelto a saber nada de su hija infiltrada, Haleth, llamada también Gwilleth.

Al principio no se preocupó demasiado. Después de todo, se trataba de una misión de espionaje. Pero, pasado un año, trató de ponerse en contacto con ella sin obtener respuesta. Y así había continuado durante todo aquel último año. Ahora la vieja montaraz comenzaba a temer lo peor.

Finalmente, les habló con franqueza:

—¿Podríais entrar en la ciudad y buscarla? Sé que Haleth os ayudó tiempo atrás con el asunto de los trolls y que después ella misma os pidió ayuda contra el brujo Gorlanc. No os debe nada, ni vosotros a ella. Pero para mí es ya imposible entrar en Tharbad…

Los héroes, quizá movidos por la deuda de honor que sentían hacia Elrond y su casa, aceptaron el encargo. Y, tras algunos días más de descanso, partieron hacia el sur, rumbo a Tharbad.

Descendieron siguiendo la ribera oriental del río, sin apenas posibilidad de perderse. A tan solo cinco días de la ciudad comenzaron a hallar restos de aldeas y granjas saqueadas. En una jornada especialmente clara divisaron, hacia las estribaciones orientales de las Montañas Nubladas, una partida de guerra de hombres de las colinas. Los dunlendinos estaban en guerra.

Viajar por la ribera oriental les obligó a atravesar el Estero de los Cisnes, donde, por fortuna, solo pasaron una noche. Mas aquella noche fue oscura y malsana. Los mosquitos y las serpientes huyeron del campamento cuando este fue atacado por media docena de mewlips, horrendos moradores del pantano. Durthor dio la alarma a tiempo, y el veterano grupo acabó con aquellas criaturas muertas vivientes con rapidez y precisión. Más arduo resultó levantar el campamento y trasladarlo lejos de aquellas aguas corrompidas.

Finalmente llegaron a Tharbad.


 

Atravesar sus puertas no fue tarea fácil, pues a los problemas habituales se sumaban ahora los ataques dunlendinos y la infiltración de los Númenóreanos Negros. Sin embargo, la labia de Jarno y unas cuantas monedas de plata bastaron para franquear el acceso.

La ciudad hervía en rumores. Se hablaba de una nave negra de velas oscuras cuyos tripulantes asaltaban aldeas costeras. No solo saqueaban los poblados: desembarcaban hombres que se infiltraban en Eriador.

—Ya no puedes fiarte de nadie —les dijo un viejo pescador de río—. Los ayudantes del Sabio Saruman luchan contra ellos y les están frenando un poco los pies.

Pero no eran aquellos los únicos males. Las tribus dunlendinas se habían vuelto cada vez más violentas.

—Incluso han atacado granjas cercanas a Tharbad —aseguró un mercader llegado desde Rohan—. Dicen que ha surgido un caudillo llamado Ivoch el Deshuesado, que ha unido a varias tribus bajo su estandarte. Gurnow debería hacer algo.

Tharbad, antaño neutral y segura, se veía ahora acosada por incursiones, espías y miedo. Gurnow había aumentado impuestos, peajes y patrullas, y la ciudad comenzaba a parecer más una prisión que un refugio.

Los héroes no olvidaban su intención de viajar hasta Isengard para advertir al Mago Blanco acerca de sus encuentros con los Númenóreanos Negros. Sin embargo, el destino se adelantó a sus planes. En el mercado encontraron a Arcinyas el Sanador, un anciano gondoriano al servicio de Saruman. Tras escuchar su relato, insistió en que no era necesario viajar hasta Isengard.

—Yo llevaré vuestro mensaje a mi señor —les aseguró—. El Mago Blanco ya está en guerra contra esa oscuridad.

Arcinyas prometió preparar a Saruman para la futura llegada de los héroes.

Finalmente comenzaron a investigar el paradero de Gwilleth. Intentaron contactar con ella mediante las velas, como habían hecho dos años atrás, pero no obtuvieron respuesta.

En su posada descubrieron, por fin, una pista inquietante.

Hacía más de seis meses que una partida de exploradores de Gurnow había partido hacia el Estero de los Cisnes para buscar la llamada Colina de la Durmiente y los supuestos tesoros élficos ocultos en ella. Ninguno había regresado. Todos los daban ya por muertos. La protección de las Mujeres de Medcaute seguía funcionando, decían.

Naelorin conocía bien aquella leyenda. Su padre se la había relatado incontables veces.

En las profundidades del pantano se hallaba un antiguo palacio élfico hundido bajo el barro y las aguas oscuras. Allí dormía Nethig, una orfebre de Eregion enamorada de Celebrimbor, engañada siglos atrás por el Enemigo bajo el nombre de Annatar, y más tarde condenada por la forma de una serpiente maliciosa.

Antaño, un camino pavimentado unía los Salones de los Susurros de Celebrimbor con aquel lugar olvidado, pero el tiempo y la ruina lo habían destruido.

La melancolía llenó el corazón de Naelorin.

Iría a la Colina de la Durmiente.

Buscaría leyendas… y también a Haleth.

Y el resto del grupo no estaba dispuesto a abandonarlo.

Se pertrecharon y partieron hacia el Estero. Salir de Tharbad volvió a resultar complicado, aunque nada que un discreto chantaje no pudiera solucionar.


 

Tras dos días de arduo viaje por los pantanos y los crannogs, hallaron una pequeña comunidad del Pueblo de los Cisnes. El asentamiento se ocultaba entre islotes pantanosos y construcciones levantadas sobre pilotes, semejantes a las casas de Esgaroth en el Lago Largo. El río Glanduin se dividía allí en incontables canales antes de reunirse con el Aguada Gris.

Gracias a la presencia de Rodri, que parecía gozar de una gran estima entre aquellas gentes, fueron recibidos con hospitalidad.

La vida en el pantano era dura. Muchos murmuraban sobre regresar a tierra firme, aunque temían la cruel mano del capitán Gurnow.

En la taberna llamada el Cisne de Dos Cuellos conocieron al maestre Hugo Brezalnegro, antiguo bandido al servicio de Gurnow. Tras compartir bebida y confidencias, el hombre terminó revelándoles la ubicación aproximada de la Colina de la Durmiente.


 

Ni siquiera así fue sencillo encontrarla.

Durante más de tres días avanzaron entre peligros, evitando criaturas del pantano y bestias repugnantes, hasta que finalmente, al caer un atardecer cubierto de niebla, divisaron la colina.

Mas los peligros aún no habían terminado.

Una criatura legendaria guardaba aquel lugar: el Ave Fantasma.

Entre las brumas se produjo el enfrentamiento, aunque pronto comprendieron que ninguna de las partes deseaba el mal o derramar sangre inútilmente. Finalmente alcanzaron un entendimiento, y el Ave les permitió recorrer las ruinas de la antigua torre élfica.

En los primeros niveles encontraron a los exploradores de Tharbad, Haleth incluida, sumidos todos en un profundo ensueño mágico.

Gracias al saber élfico de Naelorin y un contrahechizo lograron despertar a la montaraz.

Explorando más abajo descubrieron a la dormida Nethig. Pero despertarla escapaba incluso a la sabiduría del elfo de Rivendel, de modo que decidieron dejarla reposar en su sueño eterno.

A los bribones de Gurnow los abandonaron también a su hechizado letargo. Haleth sería la única superviviente. Así aumentaría la estima que Gurnow sentía por ella y podría continuar espiándolo desde dentro.

Los héroes y Haleth se despidieron entonces.

Y, tras recuperar sus caballos, emprendieron el regreso hacia Rivendel.

El camino era duro, mas el tiempo acompañaba. Eran ya los últimos estertores del verano, y una suave brisa descendía desde las montañas orientales para aliviar el cansancio del viaje. Además, la promesa de regresar a la Casa de Elrond y descansar una vez más bajo sus techos benditos hizo que apresuraran el paso bajo los cielos dorados del oeste.

... ... ...

EPÍLOGO:

En Rivendel descansa la herida del mundo,
como espada que al fin deja de arder;
allí el aire es un canto profundo
que enseña al cansado a volver a ser.

Las aguas susurran nombres antiguos,
de gestas que el tiempo no pudo borrar;
y en su cauce, los males huidos
se disuelven sin lucha, sin pesar.

Bajo bóvedas verdes de luz detenida,
reposa la carga del largo viajar;
cada hoja parece latido de vida,
cada brisa, promesa de sanar.

Los pasos se vuelven ligeros y claros,
la sombra se rinde sin combatir;
y el alma, que ha cruzado páramos amargos,
recuerda en silencio cómo latir.

Allí el descanso no es olvido vano,
ni huida cobarde del viejo dolor;
es fuego sereno, templado y humano,
que forja de nuevo el roto valor.

Oh valle escondido de paz duradera,
refugio de luz frente a la aflicción,
quien bebe en tu calma, quien en ti espera,
renace más fuerte en cuerpo y en corazón.

Beatriz de Bree tras su primer verano en Rivendel.-

... ... ...

Y hasta aquí el último, por el momento, rolato de nuestra larga campaña... de momento vamos a dejarla un tiempo aparcada, pero mí intención es retomarla cuando llegue a castellano la campaña de Saruman (de hecho, por eso he metido a Arcinyas en esta misma aventura). La historia es que vamos a cambiar de aíres y darle un poco a D&D (la campaña de Dragonlance), cuando acabemos esta, que yo creo que, para entonces, el suplemento de la campaña de Saruman ya estará en castellano, retomar el Anillo Único y los personajes.

Y, por último, no podrían faltar las fichas de los personajes a su último estado, por el momento, la campaña queda “aparcada” a finales del verano del año 2.969 TE.

Aventureros de Sombras sobre Eriador V.15.

 

Marcados saludos.-

miércoles, 4 de marzo de 2026

Celada en Bree

 


Buenas,

Acabada la campaña de Amon Guruthos de “El Anillo Único, Segunda Edición”, la siguiente sesión fue propia con alguna trama que teníamos suelta y una localización oficial (Fuerte Arlás), jugada en cuatro sesiones y media, aquí os dejo con el “rolato”, hecho por Pepe como si fuera una conversación de los compañeros en el Poni en Bree, una vez solucionada la emboscada y rapto con el que tuvieron que lidiar.

... ... ...


 

PRÓLOGO:

La oscuridad llega primero… y con ella, los recuerdos.

Antes de que hubiera cielo para ella, hubo piedra. Antes de que conociera el nombre del sol, conoció el peso de las bóvedas subterráneas y el murmullo constante de voces que no rezaban, sino que invocaban. Allí nació Usapthon, en catacumbas excavadas por manos que servían al Enemigo, donde la sombra no era ausencia de luz, sino presencia viva.

Fue criada lejos del mundo, lejos del viento y de la hierba, alimentada por doctrinas antiguas y palabras prohibidas. Su primer idioma no fue una lengua de cuna ni de canciones, sino la Lengua Negra de Mordor, áspera y cruel, aprendida de labios encapuchados. Aprendió a leer no con cuentos infantiles, sino con pergaminos roídos por el tiempo, cargados de hechicería y blasfemias, donde cada símbolo parecía observarla de vuelta.

No vio la luz del sol hasta los nueve años. Y cuando lo hizo, no lloró ni se maravilló. Fue consagrada. Sellada a la Sombra como otros son bautizados en agua.

A los quince años, cuando otras muchachas apenas conocen el mundo, Usapthon fue enviada al lejano oriente, a tierras que nunca se liberaron del dominio del Enemigo. Allí, en templos escalonados que se alzaban como montañas artificiales, sirvió como sacerdotisa. Vio sacrificios realizados bajo cielos ennegrecidos por el humo, oyó plegarias dirigidas a Morgoth, pronunciadas con devoción y terror. La sangre era una ofrenda, y el dolor, una moneda sagrada.

Desde esos templos partió en procesión: olifantes cubiertos de estandartes negros, tambores que hacían temblar la tierra, cánticos que no pedían salvación, sino dominación. Así llegó a Mordor. Allí, los acólitos del propio Sauron, el Señor Oscuro retornado, la tomaron bajo su tutela. Le enseñaron los caminos profundos de la hechicería, los nombres secretos, los pactos no escritos. Le hablaron de balrogs antiguos, y ella aprendió a nombrarlos sin temor.

Y ahora… ahora ha sido enviada a Eriador bajo las órdenes de Zoril.

Para Usapthon, esta tierra es la más extraña de todas. Las aldeas pequeñas la inquietan. Las granjas abiertas le resultan obscenas en su vulnerabilidad. La risa de los niños y las canciones simples le producen un desasosiego que ninguna torre oscura jamás le causó. Una fortaleza atendida por sirvientes sin ojos ni lengua es algo cotidiano para ella; un pescador que silba mientras trabaja es un misterio perturbador.

Conoce los nombres que no deberían pronunciarse. Ha vivido toda su vida entre templos y sectas, entre piedra negra y juramentos eternos. Nunca aprendió una adivinanza. Nunca oyó una nana.

Y mientras observa este mundo blando y luminoso, Usapthon sonríe para sí.

Porque ha venido a mostrarles, a estos ignorantes, la gloria del Dios Único y Verdadero… aunque el mundo tenga que arder para comprenderla.

... ... ...

 


El Poni Pisador estaba en su apogeo nocturno. Las pintas de cerveza llenaban las mesas; las jarras entrechocaban; el aire olía a carne estofada y a humo de pipa. Risotadas, canciones, pasos que iban y venían entre las sombras cálidas de la posada.

—Entonces ya está decidido —dijo Jarno desde un rincón, sosteniendo la mirada del elfo.

—Jarno, sabes que nunca traicionaré a mi pueblo. Entiéndelo —respondió Naelorin, firme—. Encontraremos otra solución.

—No te estoy pidiendo que lo hagas —replicó Jarno, con el gesto tenso—. Pero no saber dónde estaba Beatriz… llegar a casa y ver a ese hombre junto a Pietro… cortarle el cuello a sangre fría, en mi propia casa, delante de mi hijo… mientras vosotros acudíais a una trampa segura en el cementerio… Eso me persigue todavía. Esa noche se me repite una y otra vez.

—Y a mí —admitió el elfo—. Reencontrarme con aquellos númenóreanos aquí, en Bree, y con esa hechicera que hurgaba en mis pensamientos… también me dejó secuelas. Aún hay sombras que recorren mi mente.

—Siento no haber podido evitarlo —intervino Durthor con voz grave, recostándose en la silla hasta hacerla crujir—. Cuando lo recuerdo, todavía veo alejarse la carreta… pero nos superaban. No pudimos hacer más.

Clavó la mirada en su puño cerrado.

— Por supuesto, viejo amigo —dijo Jarno, apoyándole una mano en el hombro—. Y no tengo palabras para agradeceros cómo seguimos su rastro por el pantano, sin descanso, buscando ese maldito Fuerte Arlas, tal como nos indicaron. Sabíamos que era otra trampa… y solo lo encontramos gracias a las indicaciones de la vieja Hildilid, la que llamaban la Bruja del Pantano. Esta vez tentamos demasiado a la suerte. Hubo momentos en que perdí la esperanza de volver a ver a Beatriz con vida…

—Pero la encontramos —dijo el elfo con firmeza—. Y lo haríamos de nuevo si fuera necesario.

Jarno bajó la mirada hacia su mano izquierda, donde ya solo quedaban tres dedos.

—La encontramos… —murmuró—. Eso creí cuando llegamos a las ruinas del fuerte y vi a una mujer atada en el campanario. El corazón me latía tan deprisa que ni siquiera vi el enorme boquete en el centro del patio, dejado por las raíces del gigantesco sauce caído sobre la muralla. Solo pensé que, trepando por su tronco, podría llegar hasta ella. Y cuando alcancé la cúspide… no era Beatriz. Era un cadáver. Entonces comprendí que habíamos caído en otra trampa.

—Ni siquiera viste las arañas que trepaban tras de ti —sonó una voz a su espalda.

Rodri apareció con cuatro pintas y las dejó sobre la mesa.

—Da gracias de que sigues vivo. Durthor se hizo fuerte en la base del tronco, despedazando a cuantas pudo. El arco de Naelorin no dejó de cantar. Y yo llegué al campanario como un relámpago.

Bebió un largo trago antes de continuar.

—Aunque lo peor vino después. Mientras curábamos nuestras heridas, desde las cuevas bajo las antiguas raíces —donde una vez se alzó Arlas, el mayor sauce de Eriador— emergió aquella monstruosidad. Menos mal que, cuando tocaste la campana en tu desesperación, atrajiste a los hombres de las colinas. Guiados por aquella mujer, nos ayudaron a acabar con la gran araña.

—Dolomedia —precisó el elfo—. Así se llamaba. Una criatura de la hueste de la mismísima Ungoliant.

—Pues para saber tanto, podrías haber intuido la maldición de la daga —gruñó Durthor con sorna—. Solo a ti se te ocurre apropiarte de un arma encontrada bajo las raíces de un sauce mítico, junto a los esqueletos de dos guerreros. El espíritu de aquel orco casi termina lo que empezó la araña.

—Tranquilo —respondió Naelorin—. Cuando vayamos a Rivendel, la destruiré. Mithrandir ya me advirtió de su oscuridad.

Jarno volvió a intervenir:

—¿No os dais cuenta de que no solo nosotros, sino sobre todo Beatriz, estuvimos siempre a merced de la voluntad de esa hechicera? Cuando regresaron al fuerte días después, esperaban que las arañas hubieran hecho el trabajo sucio. Si Beatriz seguía viva era porque así lo quiso ella. Siempre tuvo el control.

—¡Y aun así se llevaron una buena paliza cuando volvieron! —exclamó Rodri.

—No fue tan sencillo —lo corrigió el enano—. De no ser por Norwinda y los guerreros de las colinas, quizá no habríamos vencido a los númenóreanos que retenían a Beatriz… y que buscaban a Naelorin.

—Es cierto —admitió el hobbit, más sereno—. ¿Quién iba a imaginar que Norwinda era hija de Hildilid? Lástima que la hechicera escapara… aunque al menos nos puso tras la pista del campamento donde estaba Beatriz.

—Y jamás olvidaré verte aparecer bajo la lona de aquella tienda —dijo entonces Beatriz, que acababa de servirles la cena—. Fue una forma extraña… pero épica de conocernos.

Sonrió a Rodri antes de alejarse.

Naelorin miró a Jarno.

—¿Entiendes que, pese a todo, no puedo revelar el paradero de Rivendel a esos númenóreanos? No puedo poner en peligro a mi pueblo.

Jarno asintió.

—¿Y tú entiendes que Beatriz y Pietro ya no están seguros en Bree?

El elfo inclinó la cabeza.

—Entonces está decidido —concluyó Jarno—. Dejaremos a mi mujer y a mi hijo en Rivendel, bajo la protección de Elrond. Avisaremos a tus hermanos y viajaremos al sur para pedir consejo al mismísimo Saruman, tal como nos recomendó Gandalf.

En la mesa, todos estuvieron de acuerdo.

Aquella noche prepararon el viaje y trataron de descansar.

Pero Pietro no pudo dormir.

Iba a conocer Rivendel...

Dolomedia

 ... ... ...

Y hasta aquí el rolato de “Celada en Bree”, en la siguiente sesión ya están de camino a Rivendel (¡Por fin!) como protección a la familia de Jarno.

Y, como es costumbre, a continuación los personajes, en el estado actual después de las subidas y cambios de la Fase de Comunidad:

Aventureros de Sombras sobre Eriador V.14.

 

Marcados saludos.-