Aventuras en la Marca del Este, un retroclón español de la caja básica de D&D.

El Clan del Lobo Gris, aventureros proscritos, los últimos de su clan.

Estas son las crónicas de nuestras aventuras, con este magnífico sistema.

viernes, 28 de noviembre de 2014

Crónica Walküre: ¿Conoces a Zorro Rojo? PARTE 1



Primera parte de la crónica de la primera misión a Walküre, rolatada por el personaje de Mario, Bl4ckm00N.

Mis ojos se abrieron lentamente después de más de dieciséis horas durmiendo en un mullido colchón de plumas de ganso canadiense, o al menos eso ponía en la etiqueta con letras doradas que colgaba tímidamente de una de las esquinas de la imponente cama de dos metros de ancho de mi nueva y lujosa vivienda. Un ático situado en una de las calles principales de la ciudad de Zúrich en Suiza. Lentamente mi cuerpo comenzaba a reaccionar. La sangre parecía volver a recorrer mis venas y mis músculos de desperezaban. Sentía que había pasado mucho tiempo desde que regresamos de la Luna en una primera operación para la compañía Oberón A.G. antes incluso de haber sido contratados como parte de su plantilla fija de analistas.

Los recuerdos se ordenaban perfectamente en mi memoria digital. Repasé cada uno de ellos vívidamente como si ocurriesen en este mismo instante. Las sensaciones seguían siendo extrañas, no terminaba de acostumbrarme al desasosiego que me producía tal poder mental. Las primeras imágenes que me impactaron fueron las caras de los cinco que permanecimos en el cementerio de Montmartre el día del entierro de nuestro común amigo Jean Luc Renard. Era una mañana fría para ser mayo, en Paris. El tiempo parecía también haberse entristecido de tal tamaña pérdida. Todas las caras eran diferentes pero mostraban un semblante común, la seriedad y pesadumbre del momento. A mi lado había permanecido un hombre de mediana edad y aspecto normal. Extremadamente normal para lo extravagante del resto del plantel. Un puñado de tierra y un chorro de whisky salpicaron el ataúd de Jean Luc. Un curtido irlandés de aspecto desaliñado pero con aquel punto atractivo que a la mayoría de las mujeres menores de veinticinco y con ganas de aventuras les gusta. Dos metros más atrás un enorme, musculoso e imponente rubio como si hubiese sido sacado de un combate de lucha libre permanecía impasible mirando fijamente a un escocés que con una pequeña gaita nos deleitaba con unos sonidos que jamás en mi corta existencia había escuchado. La pierna me vibra. Es mi móvil. Número desconocido.
“Sí. Eh… ¿Quién es?”
“Hombre, ¡Cuánto tiempo Blackmoon! Oye, escucha, ¿qué tal se me ve desde ahí?”

Toda la sangre de mi cerebro desapareció y una bofetada de bilis me golpeó con tanta fuerza que me hizo vomitar hasta la primera leche de mi madre. Era la voz de Jean Luc. Estoy seguro, pero ¿cómo era posible si estábamos delante de su cuerpo yacente? El irlandés me tendió la petaca con la que había regado el féretro de Jean Luc. Lo que menos me apetecía era meter nada en mi cuerpo. Mis piernas temblaban aún y tuve que sentarme sobre una de las tumbas cercanas.

Cinco hombres de traje negro con una corpulencia digna de los mejores militares de élite se acercaron a nosotros mientras aún yo me encontraba con la cabeza agachada intentando recuperar el pulso. Se presentaron como agentes de Oberon A.G. la misma empresa para la que había trabajado Jean Luc y nos indicaron que estaban esperándonos a la salida del cementerio. Nos dirigieron hasta una gran limusina negra escoltada por dos grandes vehículos todo terreno del mismo color. Nos abrieron la puerta y fuimos entrando uno a uno al interior del lujoso vehículo.

“Hola, bienvenidos, les estaba esperando, he oídos hablar mucho de ustedes, sé que eran buenos amigos de Jean Luc. Mi nombre es Jeremy Bantua, responsable de la sede de Oberón aquí, en París.
Tengo que comentarles algo realmente importante, quizá fruto de una futura colaboración todos salgamos ganando. Pero ya hablaremos cuando lleguemos a la sede… ¿Alguno quiere una copa de vino? Año 2.048, excelentes caldos.”

El viaje a la sede de Oberón A.G., que se encontraba a unos veinte minutos del cementerio de Montmartre, se me hizo bastante corto, mientras el sueco se dedicaba a comer todo lo había en la pequeña nevera de la limusina y el irlandés rellenaba su petaca de una botella de whisky. A una manzana de distancia de nuestro punto de partida, nuestra limusina se detuvo para recoger a un estirado alemán con aires de superioridad vestido con ropajes militares.

La sede de Oberón A.G. me pareció impresionante. Un enorme edificio de cemento y cristal en el Distrito 12º de la ciudad de Paris, en una zona empresarial cercana a la estación de Gare-de-Lyon. Subimos a un impresionante ascensor exterior acristalado con vistas a la ciudad de Paris. Nuestro anfitrión pulsó el botón de la décima planta y el ascensor comenzó a subir a una velocidad constante. De repente el ascensor se detuvo en la sexta planta y las puertas se abrieron, pudimos observar varias líneas de típicas mesas de oficina y un par de decenas de hombres y mujeres con sobrios trajes trabajando sin apenas levantar la cabeza de sus escritorios. Monsieur Bantua miró extrañado al resto del pasaje del ascensor intentando adivinar quién habría podido pulsar el botón de parada en la sexta planta.

Finalmente llegamos a nuestro destino sin más paradas, la planta noble de la oficina parisina de Oberón A.G.. Nos dirigimos por un amplio y luminoso pasillo hasta una sala de reuniones, varias pinturas neo modernistas colgaban de las paredes. Me sorprendió bastante ver al menos veinte sillones de cuero verdadero. Berg, el gran sueco, ya tenía las dos manos y la boca ocupadas con el catering que nos esperaba en una mesa de la sala. O’Conner sirvió un par de vasos de whiskey y rellenó su petaca y el resto nos sentamos en los barrocos sillones. Monsieur Bantua se aclaró la voz y comenzó a hablar:
“¿Conocéis el Proyecto Mnemosine?
En los años 50, en pleno auge de las redes sociales, un selecto grupo de hackers independientes creo este “programa” para conseguir dinero y reivindicar sus filosofías de “La Mente cibernética”, “La Era de la Inteligencia Artificial”, etcétera, etcétera, anarquistas del lado más oscuro del avance tecnológico. Pues bien, nuestro amigo Renard era uno de los artífices de Mnemosine. El Proyecto consistía en que tras la muerte, de un cliente qué hubiese firmado con Mnemosine, éste, pudiera llegar a ser emulado por un ordenador, gracias a la cantidad de datos y archivos multimedia suyos que circulan por la malla. En realidad no era “Inteligencia Artificial”, se trataba, más bien, de un software que recreaba la personalidad del muerto en base a toda la información que figura en sus redes sociales, de manera que imitaba su manera de escribir, de reaccionar, de interactuar, hablar y aspecto, a quién felicitar en cumpleaños, cómo hacerlo, cómo recibir felicitaciones, qué noticias comentar, qué solía compartir.

Todos estos datos estaban ahí, en la Malla, al alcance de cualquiera que pudiera cogerlos. Mnemosine decía hacer uso de ellos sólo para hacer más llevadera la perdida de seres queridos durante una temporada... ¿Quién no querría haberse despedido bien de aquel ser querido del que no pudo hacerlo? A fin de cuentas, muchas veces el contacto con algunos conocidos es simplemente ver como actualiza el estado de su red social preferida…”

En ese momento se detuvo, contuvo la respiración unos instantes y nos miró a los ojos uno a uno como queriendo captar de nuevo nuestra atención.

“El caso es que la gente no estaba preparada para Mnemosine, era… mmm… demasiado “bizarro”, además como sabréis a mediados de siglo se produjo una reacción colectiva ante el aislamiento producido por las nuevas tecnologías, propiciando un resurgimiento de las actividades lúdicas tradicionales, en detrimento de las relaciones virtuales. La gente comenzó a salir a la calle de nuevo, para trabar amistad y relacionarse directamente con otros seres humanos, priorizando el contacto personal sobre el virtual…
Mnemosine cayó, así, en el olvido.
O al menos eso se creía, cuando hace una semana Jean Luc Renard desapareció y no dio señales de vida, nuestro informáticos comenzaron a registrar sus cuentas en Oberón, en un servidor personal adosado a la Malla Oberón encontraron un ejecutable llamado Mnemosine1.9. Al parecer, en paralelo a cualquier otro trabajo, Renard amplió y mejoró Mnemosine, no sólo dándole acceso a correos y redes sociales, sino también a cuentas más privadas, bancarias, empresariales, dando acceso a datos personales y maneras de actuación distintas a las mostradas en público en una red social. Además el programa emulador en sí, es mucho más potente usando los servidores de Oberón más poderosos con procesadores fotónicos ópticos y todo lo último en informática de lo que disponemos… Como bien sabrán, Renard era muy hábil y supo tener todo esto oculto a nuestros ojos.

Cuando Renard falleció jugando a sus jueguitos, un remoto hizo ejecutar Mnemosine1.9 en nuestro servidor. Según nuestros informáticos una especie de zorro rojo apareció en las pantallas... Miren detrás, en esa pantalla, a ese logo me refiero” ― Mientras mostraba un logo de un zorro con fondo de la A de Anarquista.


“Luego apareció una línea de comandos” >> Zorro Rojo os saluda “y con esto el virus se marchó de nuestro servidor. A tenor de investigaciones posteriores sin llevarse un solo dato de Oberón, al parecer sólo se llevó cosas privadas de Jean Luc. Aun así no podemos fiarnos, y obviamente hemos de investigar esto...
Todo indica que Mnemosine1.9 llevaba implementado tecnología que si me temo tenga base I.A., también que el propio Jean Luc les ha metido en esto. Creo que sería conveniente para todos investigar qué es Zorro Rojo, cómo actúa o qué quiere. Sí no conocen Oberón, he de decirles que somos una empresa puntera, les pagaremos bien por este trabajo freelance y si demuestran ser buenos agentes y discretos, quizá pueden visitar Zúrich y quién sabe si empezar un lucrativo contrato para ambas partes.”

Nos miramos unos a otros durante unos instantes, estoy seguro que cuando nos dirigíamos cada uno por separado esta mañana al entierro de nuestro común amigo Jean Luc no nos podíamos ni imaginar que terminaríamos el día trabajando juntos para resolver un misterioso caso sobre el origen de un virus informático.

Un sí por respuesta unánime.

Sin más dilación nos organizamos en dos grupos de trabajo. Turner y yo nos quedaríamos en las instalaciones de Oberón A.G. analizando el ordenador personal de Jean Luc mientras que irlandés O’Conner, el escocés McGregor, el sueco Berg y el alemán Von Isenhart conducirían hasta el lugar que parecía la única pista que teníamos, la panadería-refugio de Jean Luc en Paris.

Durante un par de horas escudriñé el ordenador personal de Jean Luc, me extrañó que fuese tan sencillo acceder a él y analizar su contenido, parecía que todo estaba preparado para que encontrara la información necesitábamos.
Algunos programas y rutinas relacionadas con material militar de origen soviético, holoimágenes y holovídeos privados de Jean Luc, documentación varia sobre miles de temas intrascendentales, y como colofón un código de encriptación creado por el mismo Jean Luc. Solamente había un problema. Ese código estaba relacionado con la seguridad de los sistemas de la oficina de Paris. Mi instinto me hizo pensar que para la oficina de Zúrich Jean Luc habría creado otro similar y que también nos serían de ayuda. Obtenerlo no fue muy complicado. Me conecté mentalmente a uno de los terminales de acceso de los sistemas de Paris y tras algunos intentos conseguí interconectarme con los servidores de la oficina de Zúrich. Solamente tres segundos. Respaldo de información y borrado de todos mis rastros. Trabajo hecho.

Aparcaron la gran berlina negra frente a la pequeña panadería situada en el Distrito 5º de Paris, en el Quartier Latin, en la esquina de la Rue Soufflot y la Rue Toullier. Al entrar, la sexagenaria tendera les saludó efusivamente en francés, parecía sorprendida a la vez de encantada de volver a verles.
Su semblante cambió dramáticamente cuando le indicaron que Jean Luc había fallecido y que estaban allí para buscar alguna pista que pudiera esclarecer su muerte. El apartamento subterráneo de Jean Luc parecía inalterado. Nadie había entrado o cambiado de sitio los muebles u objetos, o al menos eso les pareció. Tras más de veinte minutos buscando entre los enseres y recuerdos no encontraron nada que pudiera parecer una pista. Decidieron abrir a tiros una pequeña escotilla que daba al vetusto sistema de alcantarillado de la ciudad. Tampoco eso parecía ser una pista. Justo antes de ceder en su empeño el imaginario compañero perruno del escocés, o eso intentó hacerles creer, encontró una revista de viajes con una de sus páginas marcadas al lado del inodoro. La página señalaba un anuncio del ascensor lunar situado en las Islas Galápagos. Esto sí era una gran pista. Tanto O’Conner como McGregor habían acompañado a Jean Luc a estas islas en algún momento de los meses pasados.

Nos encontramos todos reunidos de nuevo en la sala magna comentando entre nosotros qué habíamos encontrado en las últimas horas. Pocas ideas sobre cuál podría ser nuestro siguiente paso, hasta que mientras que Turner y yo realizábamos una explicación demasiado técnica para algunos sobre los códigos alfanuméricos que Jean Luc nos había remitido antes de su muerte, O’Conner indicó que él también tenía otro, y McGregor, y Berg. En conclusión, Jean Luc sabía, como era obvio siempre en él, que terminaríamos todos nosotros juntos hablando sobre él y estos códigos.

El siguiente paso fue simple. Utilizamos el programa de encriptación para convertir los mensajes en simples números. Y los números en coordenadas selénicas. Y las coordenadas en un lugar, que no se encontraba sobre la superficie de La Tierra, sino en la superficie de nuestro satélite lunar. Exactamente señalaban a la ciudad subterránea de The Tubular Core, adyacente a Tranquility Base. De hecho al ser una ciudad grande, las coordenadas dirigían concretamente a un barrio concreto, Nueva Jamaica, o lo qué es lo mismo los bajos fondos de Tubular Core.

Monsier Bantua nos preguntó si alguno de nosotros tenía problemas con la justicia, o es buscado en algún país, su plan consistía en que viajásemos hasta las coordenadas e investigáramos para Oberón A.G. todo lo relacionado con Renard y Zorro Rojo. Su oferta, 5.000 créditos por persona, gastos de la misión aparte. Deberíamos viajar a las Islas Galápagos, desde allí, en la base aliada, tendríamos reservado asiento en el Ascensor Espacial, y una vez en órbita embarcaríamos en el USSS Pearlman, un crucero con viajeros civiles, con destino a la Luna, en concreto a Tubular Core. Para ello debíamos tener en orden el pasaporte y no tener problemas con la justicia estadounidense. Nuestras armas podrían viajar en una valija corpo-diplomática hasta La Luna.

Dos horas después nos encontrábamos en un hangar privado del aeródromo De Gaulle subiendo por la escalerilla a un ultra-jet de color marfil y plata sin ningún emblema o bandera. Viajamos desde Paris a Houston, y desde allí a la base aliada en Galápagos, sin demasiados problemas en apenas algo más de 24 horas. Los billetes corrieron a cargo de Oberón. Una vez en la base recibimos en nuestro correo personal la confirmación de los pasajes para el Ascensor Espacial a la mañana siguiente.

La base estadounidense se dividía en una zona militar fuertemente protegida, o al menos eso pretendían demostrar con patrullas de militares fuertemente armados en cada puerta y esquina, o paseando por las instalaciones. El resto de la isla estaba destinada al uso y disfrute de los turistas y civiles. Nosotros pasamos la noche, algo nerviosos por nuestro primer viaje al espacio, en pequeños cubículos individuales, pequeños pero cómodos y limpios.

El sol se alzó pronto sobre el horizonte en este archipiélago del Océano Pacífico situado en la línea del Ecuador, y tras un ligero desayuno en un restaurante de horripilante decoración autóctona nos dirigimos caminando hacia la impresionante estructura del Ascensor Espacial que asciende en nanotubos hasta la Estación Espacial en órbita geosincrónica.


Tras comprobar nuestros pases, y pasar por los arcos de seguridad sin levantar ningún tipo de sospecha, accedimos a un enorme compartimento para pasajeros, donde tras una rápida mirada conté hasta para cien asientos con cinturones de seguridad. Tras unos minutos de tensa espera, comenzó la cuenta atrás. Mis manos se sujetaron con tensión a los brazos del asiento. La fuerza gravitacional me presionó el pecho hacia el asiento durante varios minutos mientras nos separábamos de la superficie terrestre.

Por una pequeña escotilla circular pude observar como nuestro planeta Tierra se hacía más y más pequeño hasta parecer una pequeña bola azul en medio de la inmensidad del espacio. El ascenso fue interminable, el aire comenzaba a faltarme en los pulmones mientras la velocidad aumentaba de forma constante y nosotros continuábamos desplazándonos en vertical hasta la estación de embarque. De repente, cuando ya pensaba que no iba a poder aguantar más en el asiento, el ascensor comenzó a desacelerar lentamente, la fuerza de la gravedad se igualó con la terrestre y mis pulmones comenzaron a funcionar con normalidad.

Una vez en la estación orbital de embarque nos dirigimos a la zona de espera. Nuestros billetes nos indicaban que viajaríamos en clase superior, cortesía de Oberón A.G., y teníamos derecho durante las dos siguientes horas a relajarnos en un área habilitada para los pasajeros de esta categoría. No puedo dejar de recordar al enorme sueco ingiriendo grandes cantidades de comida de forma continua como un pozo sin fondo. Por los grandes ventanales de carbovidrio reforzado vimos aproximarse de en una maniobra elegante, como un cisne, al crucero USSS Pearlman, que nos trasladaría a más de 6.000km por hora al satélite selénico en apenas dos días de viaje. Nuestro astropuerto de destino, la Base Tranquility.

Según los informes clasificados que fueron proporcionados por Oberón A.G. antes de nuestra partida, la Base Tranquility es la base militar aliada situada en la Luna, muy cerca del Mar de la Tranquilidad, Mare Tranquillitatis, con un fuerte dominio estadounidense. Adyacente a esta, se encuentra la ciudad subterránea de Tubular Core, o más conocida como The Core. Una instalación civil y comercial construida por la Megacorporación Gatecore. Un inmenso complejo subterráneo abovedado, que con los años fue ampliándose hasta convertirse en una enorme ciudad subterránea independiente de la base militar y con acceso abierto a todo el mundo. En la ciudad de The Core hay un barrio en el que se hacinan y malviven los maleantes de la ciudad, uno en el que el contrabando y el crimen están a la orden del día. Ese barrio es Nueva Jamaica. Una porción de la ciudad que consta de siete subniveles, una calle principal y multitud de pequeñas calles anejas. Los garitos de mala muerte, moteles baratos y burdeles abundan. En Nueva Jamaica más de la mitad de la población es de raza negra, en su mayoría descendientes o propiamente jamaicanos, emigrados a The Core a principios de la década del 2.060. Cabe destacar el Neorastafarismo, una pseudo-religión o movimiento cultural que aboga por el camino recto y verdadero, siempre con bondad, hermandad y verdad. Mezclándolo con el uso de psicotrópicos de última generación y el culto al Dios-Luna, de ahí la emigración a la Luna, para estar más cerca de Dios.
Evidentemente la reinterpretación de las consignas del Neorastafarismo varían de neorastafari a neorastafari, soliéndose teñir de un cariz violento al habitar en un entorno tan violento y peligroso como es Nueva Jamaica.

... Continuará ...

Marcados saludos.-

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