Buenas,
Acabada la campaña de Amon Guruthos de “El Anillo Único, Segunda Edición”, la siguiente sesión fue propia con alguna trama que teníamos suelta y una localización oficial (Fuerte Arlás), jugada en cuatro sesiones y media, aquí os dejo con el “rolato”, hecho por Pepe como si fuera una conversación de los compañeros en el Poni en Bree, una vez solucionada la emboscada y rapto con el que tuvieron que lidiar.
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PRÓLOGO:
La oscuridad llega primero… y con ella, los recuerdos.
Antes de que hubiera cielo para ella, hubo piedra. Antes de que conociera el nombre del sol, conoció el peso de las bóvedas subterráneas y el murmullo constante de voces que no rezaban, sino que invocaban. Allí nació Usapthon, en catacumbas excavadas por manos que servían al Enemigo, donde la sombra no era ausencia de luz, sino presencia viva.
Fue criada lejos del mundo, lejos del viento y de la hierba, alimentada por doctrinas antiguas y palabras prohibidas. Su primer idioma no fue una lengua de cuna ni de canciones, sino la Lengua Negra de Mordor, áspera y cruel, aprendida de labios encapuchados. Aprendió a leer no con cuentos infantiles, sino con pergaminos roídos por el tiempo, cargados de hechicería y blasfemias, donde cada símbolo parecía observarla de vuelta.
No vio la luz del sol hasta los nueve años. Y cuando lo hizo, no lloró ni se maravilló. Fue consagrada. Sellada a la Sombra como otros son bautizados en agua.
A los quince años, cuando otras muchachas apenas conocen el mundo, Usapthon fue enviada al lejano oriente, a tierras que nunca se liberaron del dominio del Enemigo. Allí, en templos escalonados que se alzaban como montañas artificiales, sirvió como sacerdotisa. Vio sacrificios realizados bajo cielos ennegrecidos por el humo, oyó plegarias dirigidas a Morgoth, pronunciadas con devoción y terror. La sangre era una ofrenda, y el dolor, una moneda sagrada.
Desde esos templos partió en procesión: olifantes cubiertos de estandartes negros, tambores que hacían temblar la tierra, cánticos que no pedían salvación, sino dominación. Así llegó a Mordor. Allí, los acólitos del propio Sauron, el Señor Oscuro retornado, la tomaron bajo su tutela. Le enseñaron los caminos profundos de la hechicería, los nombres secretos, los pactos no escritos. Le hablaron de balrogs antiguos, y ella aprendió a nombrarlos sin temor.
Y ahora… ahora ha sido enviada a Eriador bajo las órdenes de Zoril.
Para Usapthon, esta tierra es la más extraña de todas. Las aldeas pequeñas la inquietan. Las granjas abiertas le resultan obscenas en su vulnerabilidad. La risa de los niños y las canciones simples le producen un desasosiego que ninguna torre oscura jamás le causó. Una fortaleza atendida por sirvientes sin ojos ni lengua es algo cotidiano para ella; un pescador que silba mientras trabaja es un misterio perturbador.
Conoce los nombres que no deberían pronunciarse. Ha vivido toda su vida entre templos y sectas, entre piedra negra y juramentos eternos. Nunca aprendió una adivinanza. Nunca oyó una nana.
Y mientras observa este mundo blando y luminoso, Usapthon sonríe para sí.
Porque ha venido a mostrarles, a estos ignorantes, la gloria del Dios Único y Verdadero… aunque el mundo tenga que arder para comprenderla.
... ... ...
El Poni Pisador estaba en su apogeo nocturno. Las pintas de cerveza llenaban las mesas; las jarras entrechocaban; el aire olía a carne estofada y a humo de pipa. Risotadas, canciones, pasos que iban y venían entre las sombras cálidas de la posada.
—Entonces ya está decidido —dijo Jarno desde un rincón, sosteniendo la mirada del elfo.
—Jarno, sabes que nunca traicionaré a mi pueblo. Entiéndelo —respondió Naelorin, firme—. Encontraremos otra solución.
—No te estoy pidiendo que lo hagas —replicó Jarno, con el gesto tenso—. Pero no saber dónde estaba Beatriz… llegar a casa y ver a ese hombre junto a Pietro… cortarle el cuello a sangre fría, en mi propia casa, delante de mi hijo… mientras vosotros acudíais a una trampa segura en el cementerio… Eso me persigue todavía. Esa noche se me repite una y otra vez.
—Y a mí —admitió el elfo—. Reencontrarme con aquellos númenóreanos aquí, en Bree, y con esa hechicera que hurgaba en mis pensamientos… también me dejó secuelas. Aún hay sombras que recorren mi mente.
—Siento no haber podido evitarlo —intervino Durthor con voz grave, recostándose en la silla hasta hacerla crujir—. Cuando lo recuerdo, todavía veo alejarse la carreta… pero nos superaban. No pudimos hacer más.
Clavó la mirada en su puño cerrado.
— Por supuesto, viejo amigo —dijo Jarno, apoyándole una mano en el hombro—. Y no tengo palabras para agradeceros cómo seguimos su rastro por el pantano, sin descanso, buscando ese maldito Fuerte Arlas, tal como nos indicaron. Sabíamos que era otra trampa… y solo lo encontramos gracias a las indicaciones de la vieja Hildilid, la que llamaban la Bruja del Pantano. Esta vez tentamos demasiado a la suerte. Hubo momentos en que perdí la esperanza de volver a ver a Beatriz con vida…
—Pero la encontramos —dijo el elfo con firmeza—. Y lo haríamos de nuevo si fuera necesario.
Jarno bajó la mirada hacia su mano izquierda, donde ya solo quedaban tres dedos.
—La encontramos… —murmuró—. Eso creí cuando llegamos a las ruinas del fuerte y vi a una mujer atada en el campanario. El corazón me latía tan deprisa que ni siquiera vi el enorme boquete en el centro del patio, dejado por las raíces del gigantesco sauce caído sobre la muralla. Solo pensé que, trepando por su tronco, podría llegar hasta ella. Y cuando alcancé la cúspide… no era Beatriz. Era un cadáver. Entonces comprendí que habíamos caído en otra trampa.
—Ni siquiera viste las arañas que trepaban tras de ti —sonó una voz a su espalda.
Rodri apareció con cuatro pintas y las dejó sobre la mesa.
—Da gracias de que sigues vivo. Durthor se hizo fuerte en la base del tronco, despedazando a cuantas pudo. El arco de Naelorin no dejó de cantar. Y yo llegué al campanario como un relámpago.
Bebió un largo trago antes de continuar.
—Aunque lo peor vino después. Mientras curábamos nuestras heridas, desde las cuevas bajo las antiguas raíces —donde una vez se alzó Arlas, el mayor sauce de Eriador— emergió aquella monstruosidad. Menos mal que, cuando tocaste la campana en tu desesperación, atrajiste a los hombres de las colinas. Guiados por aquella mujer, nos ayudaron a acabar con la gran araña.
—Dolomedia —precisó el elfo—. Así se llamaba. Una criatura de la hueste de la mismísima Ungoliant.
—Pues para saber tanto, podrías haber intuido la maldición de la daga —gruñó Durthor con sorna—. Solo a ti se te ocurre apropiarte de un arma encontrada bajo las raíces de un sauce mítico, junto a los esqueletos de dos guerreros. El espíritu de aquel orco casi termina lo que empezó la araña.
—Tranquilo —respondió Naelorin—. Cuando vayamos a Rivendel, la destruiré. Mithrandir ya me advirtió de su oscuridad.
Jarno volvió a intervenir:
—¿No os dais cuenta de que no solo nosotros, sino sobre todo Beatriz, estuvimos siempre a merced de la voluntad de esa hechicera? Cuando regresaron al fuerte días después, esperaban que las arañas hubieran hecho el trabajo sucio. Si Beatriz seguía viva era porque así lo quiso ella. Siempre tuvo el control.
—¡Y aun así se llevaron una buena paliza cuando volvieron! —exclamó Rodri.
—No fue tan sencillo —lo corrigió el enano—. De no ser por Norwinda y los guerreros de las colinas, quizá no habríamos vencido a los númenóreanos que retenían a Beatriz… y que buscaban a Naelorin.
—Es cierto —admitió el hobbit, más sereno—. ¿Quién iba a imaginar que Norwinda era hija de Hildilid? Lástima que la hechicera escapara… aunque al menos nos puso tras la pista del campamento donde estaba Beatriz.
—Y jamás olvidaré verte aparecer bajo la lona de aquella tienda —dijo entonces Beatriz, que acababa de servirles la cena—. Fue una forma extraña… pero épica de conocernos.
Sonrió a Rodri antes de alejarse.
Naelorin miró a Jarno.
—¿Entiendes que, pese a todo, no puedo revelar el paradero de Rivendel a esos númenóreanos? No puedo poner en peligro a mi pueblo.
Jarno asintió.
—¿Y tú entiendes que Beatriz y Pietro ya no están seguros en Bree?
El elfo inclinó la cabeza.
—Entonces está decidido —concluyó Jarno—. Dejaremos a mi mujer y a mi hijo en Rivendel, bajo la protección de Elrond. Avisaremos a tus hermanos y viajaremos al sur para pedir consejo al mismísimo Saruman, tal como nos recomendó Gandalf.
En la mesa, todos estuvieron de acuerdo.
Aquella noche prepararon el viaje y trataron de descansar.
Pero Pietro no pudo dormir.
Iba a conocer Rivendel...
Y hasta aquí el rolato de “Celada en Bree”, en la siguiente sesión ya están de camino a Rivendel (¡Por fin!) como protección a la familia de Jarno.
Y, como es costumbre, a continuación los personajes, en el estado actual después de las subidas y cambios de la Fase de Comunidad:
Aventureros de Sombras sobre Eriador V.14.
Marcados saludos.-



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